Estar partido

Intuías en el cobre

con tus manos de escarcha

una raíz, una llaga,

un dolor que entonces

no podías entender.

Y yo me movía invisible,

incompleto,

arrancado por entero,

de cuajo,

de una tierra imposible

de soñar o de creer.

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∼ Eco ∼

Sólo queda el eco sombrío de amarte,
la palabra sorda, la palabra muda,
el rencor en cada esquina de mi piel,
que te aguarda con amarga inquina,
el beso del aire denso que se conjura
para reclamar tu cuerpo y sus espinas.

Sólo nos queda el viaje a ninguna parte,
la mirada esquiva, la mirada curva,
así que hagamos un trato en el papel:
no soñaré ni un minuto más de ningún día
ni con tu templo erigido a las dudas
ni con tu dolorosa, parca sonrisa fugitiva.

Porque ya no quiero arder,
no quiero ser contigo,
solo quiero volver,
reencontrarme,
ser testigo,
renacer,
ser desafío,
proclamarme,
monarca, canciller,
rebelde y dios vencido,
y romper a volar, correr, crecer.

Que sólo quede el eco de que una vez
te amé sin guión ni partituras,
que traté de calmar tu sed
pero tu sed no entiende de enigmas,
que sólo vivía de conjeturas
que en mi vida ya no tienen sitio.

Esencia

Por las grietas de octubre

se escapa el tiempo herido,

la húmeda nostalgia, el vacío,

y el consuelo inherente, unido,

a veces dulce, a veces amargo,

a veces tan extraño y perdido.

Y pronuncio los nombres de todo,

como algo insólito, como un niño,

como si una palabra fuera conjuro,

esencia y presencia, hechizo,

que hace salir de su letargo,

el extracto, el alma, el sentido.

Digo corazón y siento la máquina,

el latir acuoso, el ingrato litigio,

el agujero negro, el negro pozo,

donde se hilvanan mis sinsentidos,

y descansan ilusiones y asombros,

miedos, agobios, ruidos.

Digo manos, y estas me miran

como si no fueran conmigo,

con las palmas boca arriba,

como si buscaran cobijo,

y solo encontraran preguntas,

ruegos, aprensivos designios.

¡No quiero sólo palabras!

¡No quiero envoltorios vacíos…!

que al pronunciar se escapan,

sólo quiero la entraña, el hilo,

que cose e hilvana la esencia

con su idea última, su sino.

Quiero lo que quiere el poeta,

el pronombre, sin sufijos,

el pronombre que nombre,

el nombre más preciso,

la alquimia selecta,

volátil, del destino,

alma del alma que pesa,

lo que pesa un suspiro,

alma del alma que besa,

en una palabra

un infinito.

De grillos y cuervos

Te vacías de grillos y cuervos,

disruptiva, unilateral,

de intenciones y argumentos,

destensando el cerebro,

de cimientos y plenilunios,

de gatos de garaje y arrabal.

Pensé en decirte una palabra:

piedra,

puñal,

o quizás hoy,

o quizás sal.

Pero esa palabra murió atascada,

bloqueada por grillos y cuervos,

por estrellas negras,

por miradas en el umbral.

Pensé en dedicarte un gesto,

caricia,

beso,

papel quizás,

o quizás señal,

grial de hiel o vino amargo,

indigesto teatro o ritual,

de este animal venido a menos,

descompuesto, trivial.

Te derramas en aspavientos,

disyuntiva, desigual,

de injurias vacilantes y duelos,

enturbiando el suelo y el cielo,

enhebrando el silencio

con teselas de pedernal.

Pensé en congelar el momento,

trance,

instante,

quizás lamento,

o quizás terminal,

voz clandestina de furtivo silencio,

verbo ilegítimo y glacial

que quedó colgando a las puertas

de una boca cosida a fuego,

de un agujero negro abisal.

∼ Imaginarte ∼ 

Nota: Muchos de vosotros ya sabréis que en mayo vio la luz mi segundo poemario, “Imaginarte” bajo la editorial mexicana “3K” de Rubén Verdugo, al quedar finalista del I concurso internacional de poesía romántica. La verdad es que a todos los efectos nunca pensé que fuera a ver la luz tan pronto, ya que es de esas obras que siento inacabadas, e incluso imperfectas. Y aún así ahí esta.

El poema que da título a todo este poemario lo escribí una semana antes de conocer a mi mujer. Nos conocimos a través de internet, y apenas llevábamos una semana hablando por teléfono cuando escribí este poema, que además me seleccionaron en un programa de radio para leerlo en antena. Así que le tengo un especial cariño.

La portada es de Jimena Coronado, una artista maravillosa que utilizó uno de sus cuadros para ilustrarla y de la que no puedo sentirme más orgulloso. Siempre estaré agradecido por ello así como a Rubén  por confiar en mis poemas más románticos y convertirlos en un libro.

Imaginarte, soñarte,

es otro modo de vivirte,

de sentirte conmigo,

de amarte antes de amarte,

de hacerle un quiebro al destino,

de sentir tu presencia al escucharte,

encender mis sentidos,

de pensar por pensarte,

ser feliz en un latido,

en un instante,

en un instante infinito.

 

“Imaginarte” disponible en Amazon

Memento mei

Un silencioso movimiento de cadenas y glóbulos rojos,

un palacio habitado por un secreto,

un símbolo brillante en la portada de un libro nunca abierto.

Es. Pero nadie sabe.

Una espina en el cerebro,

una palabra hecha carne,

un corazón palpitando en un desierto,

un espacio que no se puede llenar con posibilidades.

Habla. Pero no hay nadie.

Un castillo flotando en el cielo,

una hora inacabada en el aire,

un montón de naranjas rodando por el suelo,

un vagabundo caminando por una calle,

una espada cortando a diestro y siniestro:

sueños como sables.

Un puñal trepando por un árbol,

una señal señalando el cielo,

un dios buscando padre,

un aliado en un verso,

un brindis por las escamas de un dragón

y una despedida al viento:

Memento mei et vale

(Acuérdate de mí y adiós).

Caminabas

Pues hoy os dejo otro poema para el reto de escritura de septiembre Escribir jugando (septiembre) del blog de Lídia

Caminabas

por el delirio atroz

de la memoria,

anclada a un todavía,

donde mi voz ardía

de fugaz noche,

y no me quisiste,

y yo no quería,

y aún así quisimos los dos,

ser frontera y derroche

que nos separara aún más

mientras nos unía.

Soñé aquelarres,

de magia sombría,

soñé cruzar puentes entre canales

de rubíes sangre como la vida,

soñé llegar a tu puerta de plata,

llamarte por tu nombre,

y soñé que me abrías.

Recorrí el sendero

y entre espadas y devaneos,

me mostraste el tintero

con el que escribiría

mil una historias

y un fascinante reto.

Microrrelato: Equinoccio

Tenía que darse prisa. Estaba oscureciendo muy rápidamente, y en aquella parte del bosque la luz se retiraba de forma tan brusca, que en breve le costaría encontrar el camino de vuelta a la cabaña. Cabizbaja buscaba en el suelo las flores y las hierbas que solo crecían en el equinoccio de Aries. Comenzó a cantar, primero dulcemente, en un tono tan bajo que parecía un susurro mezclado con el viento. Poco a poco la canción se hizo cuerpo y la voz de la muchacha se llenó de matices. Sus ojos se volvieron iridiscentes y mostró su verdadero rostro a un mundo mágico y desconocido, como recién nacido en ese mismo instante. De la tierra parecían emerger tallos de semillas de brisa nocturna que con la luz aún diurna se desplegaban en flores de múltiples colores que surgían y morían con una celeridad fabulosa. Conocía de sobra las reglas. Debía recoger las flores justo un segundo antes de morir.

Y en ese momento escuchó el primer crujido entre los árboles cercanos. Dejó de cantar. Comenzó a guardar su extraña cosecha con parsimonia en los bolsillos ocultos de su capa y se cubrió con su capucha. Un segundo ruido, como un roce de hojas a unos metros del anterior, la puso en preaviso. Se colocó de espaldas de forma deliberada a esa presencia oculta de músculos tensos, de hojarasca aplastada de pasos acechantes. El viento ya no mecía las hojas de los árboles y por un momento se hizo en todo el bosque un silencio atronador, espeso, más amenazante incluso que la alimaña salvaje que la rondaba. Se irguió y caminó lentamente alejándose del claro del bosque y del ruido en dirección a un roble viejo. Sintió una respiración fuerte. Un gruñido ansioso de garras y colmillos babeantes. Ya casi estaba. Justo entonces presagió el enorme salto de enérgicas patas detrás de ella. Le bastó ladearse a un lado y apenas un giro de ciento ochenta grados para que la cabeza del lobo se estrellara sobre el tronco del árbol.

El animal jadeaba inconsciente delante de ella. Sacó su cuchillo y lo hundió sin una pizca de compasión en el cuello del animal. Esperó unos instantes y sacando un pequeño cuenco de entre sus ropas lo llenó de la sangre de la bestia moribunda. Se limpió en su capa. El rojo tinto de sus ropas absorbió rápidamente los restos de la hoja afilada. Sonrió. Ya lo tenía todo. Su abuela estaría orgullosa. No por nada la llamaban la bruja del bosque y ella sería su digna sucesora.

Micorrelato: El árbol de los sueños

Pues hoy os dejo otro Microrrelato para el reto de escritura de agosto «Escribir jugando» del blog de Lídia

Dicen que antiguamente Morfeo y Muerte solían jugar a un juego con los mortales. En un lado de la balanza de Muerte se depositaba el alma y en el otro Morfeo contrapesaba con los sueños del agonizante humano. Solo cuando los sueños superaban el peso del alma Morfeo tenía una oportunidad de negociar y salvar dicha vida. Muerte sonreía cada vez que ocurría y colgaba de su árbol de los sueños sus preciados trofeos. Lo que no sabía es que Morfeo, taimado, solo se desprendía de los sueños perdidos. Y Muerte, astuta, jamás le dijo que siempre eran sus preferidos.