Insisto

Insisto con la música oculta tras el brillo

de distantes palabras,

porque en el silencio,

hasta un susurro puede parecer un grito.

Esta constante impaciencia que a veces domino

y a veces me domina

alienta al orgullo

a matar la cobardía del insolente latido

que aún vive sin permiso

en un “todavía”,

porque aún sé decir te quiero

aunque abrace el aire de una mentira

o la sombra de un recuerdo.

No puede lastimarme ya el olvido

porque ha quedado lejos.

Ignoro la cortesía que no siente alegría

y me arrodillo ante el sueño

que teje en sí mismo

el camino de mi vida.

Se agota la saliva en la lengua

pero aguanta la idea en el seno

del papel que lo vio nacer

como un nuevo día.

Sabe que aquí siempre tendrá un amigo

a pesar de las balas de silencio,

a pesar de la sangre engañada,

a pesar de las débiles manos

que arrancaron una rosa al desierto.

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País de las cien vidas

Promesa incesante de sonrisas,
que hechizas a este insolente dragón,
a este tejedor de efímeras premisas,
que juega a dejar una huella nimia,
y apenas roce el umbral del corazón.
Déjame que destruya las prisas,
que te haga un hueco de cartón
bajo los puentes llenos de candados
de un París de luz y salón.
Déjame que te muestre lo esquiva
de esta felicidad que he atrapado
que lleva sin que tú lo hayas notado
tu alma cosida a mi pasión.
Abandónate en mis abrazos,
evoca el rastro, sigue mi risa,
me mirarás con cuidado, indecisa,
pero sin dudar de la intención.
Déjate llevar por este bardo,
que siembra flores en cornisas,
que imprecisas nacen sin razón.
Déjate llevar por el encanto
de un instante que me inspira
y que te respira por amor.
Déjame llevarte entretanto
al país de las cien vidas,
para darte la mitad dividida,
de mi alma partida en dos.

Ven

No puedo acallar la voz

de este instantáneo pájaro de fuego

que aparece en el cristal oscuro tan seductor

susurrando cien incendios con mis dedos,

                                                        ven.

Si en el espejo azul sediento

mi torpe piel de cordero se hace león,

garra cruel que inunde el cálido hueco forastero

te arrancará una sílaba a dentelladas del corazón,

                                                        ven.

Deja que me hunda en tu balcón,

que me exilie a diario entre tus besos

que rompa mis estrellas en pedazos de sol

que sea el color de tu sangre y de tus sueños,

                                                        ven, ven.

Tu vigilia será mi jaula ardiendo

tus gemidos espigas que caigan con mi hoz

cuando irrumpa con violencia en tus adentros

seré huérfano, seré padre, seré Dios,

                                                   ven, ven, ven.

Nudos desatados en el silencio,

moribundos entregados sin aliento y sin razón,

agua saciada de todo el tiempo herido, escurriendo,

que descanse al fin en un sueño reparador,

                                                        ven, ven.

Déjame que duerma en tu pecho,

que mis cenizas en este momento sean excepción,

que mis murmullos sean sólo gesto nocturno de viento

que contengan una sola palabra de amor,

                                                        ven.

Algarabía

Y el ruido siempre dentro.
Mi alma está de pie
y su garganta es un nicho de viento,
de sofocado viento que rompe el umbral
y se hace vendaval en este momento,
en el que abandona mi piel
y pierde el equilibrio… y el tiempo.
Hay cosas que no sé,
pero que mis pájaros se empeñan en creer.
Y es la algarabía de mis pensamientos
quien hace el signo mortal
de que todavía puedo llegar más lejos,
de que un atisbo puede dejar señal,
de que este sendero de cal,
no puede ser siempre el mismo sendero.
Y si algún día dejara de soñar
que sea porque he alcanzado mis sueños,
porque no puedo obviar que mis extremos
son mis principios,
como no puedo olvidar que dos noches
pueden ser del mismo cielo.
Que este rayo vital que enciendo
sea esclavo de mi verdad
que queme como fuego griego,
que este relámpago fugaz
de este instante tan distinto,
sea tan viral como la risa de un niño.
Y si audaz, rozo tu conciencia,
quedaré satisfecho,
perderé el equilibrio, el tiempo,
abandonaré por fin mi piel,
seré vendaval en este momento,
sofocado viento que rompa el umbral,
en mi garganta que es nicho de vientos,
que mi alma siga en pie,
y el ruido siempre dentro.

Transfiguración

Día 1

Mi mujer ha hecho las maletas y se ha largado. A sus habituales murmullos acompañados de aspavientos les añadió un gesto de determinación, marcado con un par de arrugas en su pequeña nariz respingona y un pequeño tic en su ojo derecho. Si bien es cierto que no osaré declarar defensa alguna que pueda servir para obviar el hecho de que esta vez creo que la razón está de su parte. Ella diría que siempre está de su parte, como no puede ser de otra manera en un matrimonio con tantos años de mutua compañía e incomprensión. Aún así debo declarar que espero que no sea algo definitivo.

La causa de su partida no puede sorprenderme lo más mínimo, porque es el extraño olor a azufre que asola toda la casa desde hace días. Me achaca no hacer nada para remediarlo y ha decidido irse a casa de su madre mientras encuentro una solución definitiva. No dudéis ni por un momento que he tomado ciertas iniciativas durante estos días: he comprobado desagües y cañerías, utilizado nuevos productos de limpieza, revisado la nevera, e incluso me atreví a mover algunos electrodomésticos, esperanzado de encontrar algún bicho o comida en mal estado que por accidente hubiera ido a descansar en algún sitio inesperado o poco habitual. Sin éxito.

Lo malo es que poco a poco me fui dando cuenta de que el origen del olor era mi propio cuerpo. Lo que al principio achaqué a una sudoración excesiva luego determiné que tenía difícil forma de solucionar. Incluso con los mejores productos de aseo personal del mercado era incapaz de enmascarar un olor tan marcado. No es de extrañar por tanto que mi mujer renunciara a compartir espacio común conmigo hasta que recupere al menos un olor soportable.

Día 2

Después de su partida he podido confirmar que la cosa empeora. Esta mañana, cuando me he levantado de la cama he podido comprobar que he dejado marcadas las sábanas de un color oscuro, como si se hubieran chamuscado a fuego lento. Incluso en algunas partes parecían desprender cierto humo. Me he apresurado a tirarlas a la basura directamente. Si mi mujer las ve en ese estado el que se va a la basura soy yo.

Se me han caído varios dientes y no sólo eso, en su lugar me están creciendo, a pasos agigantados, unos dientes de un blanco cegador, acompañados de unos colmillos más pronunciados de lo habitual. Por un momento pensé que, para variar, algo bueno me estaba sucediendo, y ahora iría adquiriendo como por arte de magia la dentadura perfecta de algún presentador de televisión,  pero cuando me vi en un espejo comprobé que no, que no iba a ser el caso. Que más bien iba pareciendo un vampiro de película de serie B, de esas de bajo presupuesto. Por si acaso, me agarré uno de ellos y traté de moverlos, para comprobar fehacientemente de que eran reales y no producto de una imaginación alterada por el olor. De nuevo sin mucho éxito.

Y lo peor del día estaba por llegar, porque poco a poco fui constatando que se me caía el pelo. Yo ya contaba de motu proprio de unas marcadas entradas de serie a ambos lados de mi cabeza, pero no por ello puedo decir que no contara aún con abundante pelo en el resto. Cada vez que me pasaba la mano un mechón de pelo descansaba entre mis dedos. Iba dejando rastro en el suelo y antes de la hora de comer ya me había quedado completamente calvo. Así que no me quedó otra que barrer los restos y con mucho dolor de mi corazón decir adiós a mi pelo junto a las amortajadas sábanas chamuscadas.

Empecé a notar más síntomas durante el día pero decidí no prestarles mucha atención y tratar de relajarme refugiándome en la lectura de algún libro o viendo alguna película de esas que tenía pendiente. Comí frugalmente esperando acontecimientos, porque a esas alturas ya intuía que lo que vendría no podría mejorar mucho mi estado. Y me acosté, eso sí, dejando un pequeño extintor cerca y cubriendo de láminas de papel de aluminio el juego de sábanas con el que he hecho la cama esta mañana.

Día 3

He dormido fatal. El sonido del papel de aluminio al doblarse y romperse y mi creciente estado de ansiedad han hecho el resto. Menos mal que al menos no he tenido que utilizar el extintor. He hecho un burruño con todo el papel de aluminio y ha sido en ese instante cuando me he dado cuenta de que mis uñas han crecido, que son más blancas y puntiagudas. Parece que me lo hubiera hecho alguna esteticien.

Me he encaminado a la ducha a ver si me despejaba un poco y la sorpresa mayúscula me la he llevado cuando por el desagüe de la ducha he empezado a ver cierto plumón negro. Todo ello, unido a un creciente escozor en la espalda ha hecho que al salir de la ducha buscara rápidamente un pequeño espejo que reposa en la repisa del lavabo y me la mirara. No se puede dar crédito a los ojos cuando estos contradicen la lógica, pero yo ya estaba en esos momentos curado de espanto. Dos pequeñas protuberancias cubiertas de plumón negro emergían incipientes de mis omóplatos. Ni corto ni perezoso dejé el espejo, me vestí y me dispuse de nuevo a realizar las tareas cotidianas de náufrago casero.

Trataba de esta forma de alejar de mi mente todo lo que me estaba sucediendo, pero poco a poco la camiseta que llevaba puesta me avisaba a su manera de que se estaba quedando pequeña. Me la tuve que quitar rasgándola con unas tijeras, porque a esas alturas ya era imposible no hacerlo sin llevarme por delante alguna parte extraña de mi nueva anatomía. Crecientes músculos empezaban a definirse con más claridad en mis brazos y en mi torso desnudo y un peso creciente se empezó a manifestar en mi espalda.

Al cabo de un par de horas ya podía notar las alas negras plegadas a mi espalda. Hice ademán de abrirlas, como quien abre sus brazos y sus manos por primera vez pero no conté con la envergadura tan grande de las mismas. Me llevé por delante toda clase de floreros, marcos de fotos y lámparas, pero las desplegué a lo largo del salón, que a ciencia cierta tampoco es que sea muy grande. Por primera vez en varios días una sonrisa se me dibujó en el rostro, para luego mostrar abiertamente mi recién estrenada dentadura.

Orgulloso de mi nuevo musculoso cuerpo, con mi sonrisa y mis alas negras me asomé al balcón de mi casa. De un buen número de balcones asomaban numerosos hermanos. Un sonido grave y muy largo, como de trompetas, se empezó a escuchar en el cielo. Echamos a volar casi al unísono, seguros de nuestro destino. Y yo pensando: “Si mi mujer pudiera verme ahora mismo…”

Llevo conmigo

“Tu vida no está tan determinada por lo que la vida te da, sino por la actitud que tienes ante la vida; no tanto por lo que te pasa, sino por la manera en que tu mente ve lo que pasa.”

Kahlil Gibran

Llevo conmigo una luz que me ilumina,

una idea de alma que nunca apaga al otro,

al tú que soy yo mismo cuando estoy solo,

al reflejo impaciente del espejo que me mira.

 

Llevo un rebelde inoportuno que me grita

que no me pierda, que nunca sea sordo

al sentir vehemente contra todo pronóstico,

que no me esconda, que no me rinda.

 

Extiendo mis alas, cierro por fin mis heridas,

echo a volar al cielo siempre que no corro

más, más, más arriba, directo, con aplomo,

para tener mayor visión, mayor perspectiva.

 

Llevo en mi espalda cien mundos y una vida,

y no me paro, sé que mañana podré con todo,

y que todo pasa, la piel, la soledad, el oro,

porque sé que el tiempo ya no me esquiva.

La noche eligió el suicidio

La noche eligió el suicidio,
el lenguaje impreciso y el designio mortal
de cristal ardiente, de sueño huido,
de artificio y fuego real,
tatuaje en dos palabras dividido:
nunca jamás.
Y la almohada se tiñe de rojo,
almenara ceñida a tus ojos de metal,
donde veo ardiendo la mirada helada,
el ruido como profecía letal,
de un cuándo y un cómo,
un pudo ser y un nunca será.
Quizás los cuervos vengan a comer
mis despojos, a beber del mar
de mis gestos mis restos,
de mis lágrimas la sal,
para escupirme luego a la cara
los anhelos que nunca tuvieron aval.
Mis cicatrices ya no tendrán rostro,
tejerán telarañas en la noche circular,
en el tiempo después del tiempo,
en el desamor después de amar,
en mis entrañas y en mis huesos,
en mi reinado que fue irreal.
Mis huellas se convertirán en camino,
para todo aquel que venga detrás,
y despojado de todo vestigio,
mis derrotas ya no tendrán rival,
que mi memoria será prodigio,
que mis olvidos serán vanidad.
Prestaré a quienquiera mis oídos,
a todo aquel que quiera escuchar,
que se puede arrancar un principio,
en un ataque de realidad,
que ni es igual ni es lo mismo,
que un delirio de libertad.