Junio siempre vence

“Junio siempre vence”

−me dijiste−

como si volvieras del fondo de un océano invisible

y tus palabras salieran a la superficie,

húmedas de ese fondo marino.

“Una vez atravesé tres meses

buceando bajo sus días”.

Y yo te imaginé salina,

emergente, empapada y dulce,

como una sirena que busca sus piernas suicidas.

“En breve me volverán a crecer los dientes.”

Sí, y volverás a morder las calles, las aceras,

el ritmo frenético del tráfico en una operación salida.

Pero ¿y si entonces… ya no temieras perderte?

¿Y si dejamos en los vestíbulos desiertos

todas nuestras heridas?

¿Y si dejamos que nos crezcan las alas

encima de las espinas?

“Junio siempre vence”

−me repetiste−

y bailaste a la intemperie

de los sueños en ruinas

con una implacable sonrisa

como una consigna de vida.

Mística poética

Háblame con insólita retórica,
espíritu nómada de mi oráculo en juego,
rómpeme vandálica cualquier obstáculo,
anúnciate a término utópica en sueños.
Sálvame con química filantrópica
de tu físico, vesánico espectáculo de fuego,
donde mis teóricos tentáculos
derrítanse en tu estética de distópicos versos.
Tiéntame con tu máscara magnética,
idílica luciérnaga, magnífica de mágicos cielos,
ámbito púrpura en cuántica ética,
susúrrame versículos, oceánicos a cientos,
pátina dulcísima de titánica poética,
bellísima cómplice, llévame caótica
al éxtasis líquido de selváticos anhelos.

Echando raíces en la hegemonía de las sombras

Sé que podría hacerlo, que podría crecer en sentido inverso, hacia dentro, echando raíces en la hegemonía de las sombras, y trepar por la lluvia como un depredador en celo. ¡Abrid! ¡Abridme las puertas! Diría al llegar al centro, allí donde mis principios itinerantes brotan, allí donde las piedras más grandes de mi alma tienen escondidas sus derrotas. ¡Abrid! Despojadme de mis pretextos, de mi desvencijada y atónita cordura. Dejadme a solas en esta invasión derrochadora donde las emociones moran junto a mi locura, donde el enemigo de la infelicidad flota, dotado de la ingravidez de una balanza sin memoria. ¡Abrid! ¡Os lo ruego! Dejadme por una vez ser invisible, intangible al desaliento y a la amargura. Sé que puedo hacerlo, que puedo seguir creciendo, que ahí dentro brota una esperanza instigadora, y no sé por qué, os hallo con una sonrisa, hermanados en la euforia de esa línea imprecisa que es la promesa de vida que augura un encuentro.

Libertad de expresión

Hoy no vengo a hablaros de poesía, vengo a hablar de libertad de expresión. Hablamos de tolerancia y ni siquiera somos capaces de admitir que la gente pueda ejercer su derecho a manifestarse sobre todo cuando son los que no piensan como nosotros.

No seamos tan hipócritas, por favor. Y no polaricemos la realidad como si solo hubiera malos y buenos y nosotros siempre fuéramos los buenos. Hay gente que lleva dos meses en ERTE sin cobrar del SEPE, gente que vive de sus pequeños negocios y ahora no puede porque no han podido abrir o ejercer, gente que no ha podido ver morir a sus seres queridos y les han entregado las cenizas un mes después de fallecer, sanitarios que han visto cómo no les llegaban de forma adecuada medios de protección y han perdido a compañeros de profesión. Hay muchos motivos de indignación, pero, por favor, si te vas a manifestar por el motivo que sea cuida tu salud y la del resto y mantén las medidas de seguridad.

Me parece bastante lamentable tener que reiterar esto: la libertad de expresión es un derecho fundamental. Puedes pensar y decir lo que quieras siempre y cuando lo hagas de forma respetuosa y no pongas en peligro ni tu vida ni la de los demás.

Así tu luz

Así tu luz —aquí se pliega—

en este hueco gris de turbios designios,

—aquí se cuela—

donde el viento no llega,

donde mis palabras hacen nido y sombra,

en esta raíz de polvo, de nada,

aquí tu boca,

aquí tus besos,

aquí tus gestos de verano

donde mi vida se doblega

—ya por fin renunciando—

a todos esos recuerdos que los años dieron forma.

Así tu voz —aquí me libera—

en estos dominios,

dantesco infierno que me conforma

—aquí te entregas—

donde mi hambre es un rumor de hojas muertas

aquí tu piel,

aquí tus ojos como ventanas abiertas,

aquí tu amor con olor a carmín

y a Chloe, y a trémula y limpia arcilla dispuesta.

Coge lo que quieras,

haz leña de mis demonios

y préndeles fuego después de mirarlos de cerca.

Así tu luz —que aquí se pliega—

me arda dentro

y en mi osario, oscuro centro

me encuentres y le des la vida,

a esta, mi alma tan rota y tan ciega.

Donde mis manos te invocan

Donde mis manos te invocan

con clamor de relámpagos, 

donde lo impredecible prefiere

un flamígero destello incipiente

a un chispa tenue en noche rota.

¿Signo? Signo no, huella.

¿Delirio? Delirio no, quimera.

Hasta que la mitad de mis pliegues

venzan a mis antiguas derrotas,

con fragor de estrellas declaro,

en desorden transfigurado,

que hoy, contigo, es la hora.

¿Canto? Canto no, piedra.

¿Sangre? Sangre no, tierra.

Que mi alma abra sus puertas

y que mi cuerpo pida tu boca

cuando pronuncie tu nombre

en este aljibe que tanto rebosa 

ahora que nada y todo importa.

¿Gesto? Gesto no, seña.

¿Cuerpo? Cuerpo no, materia.

De los labios del mundo brotan

alas, paraísos apremiantes que urgen

a la fragilidad de la memoria

a que me dejen ser Aquiles,

Ares envuelto en piel agónica.

¿Deuda? Deuda no, quiebra.

¿Victoria? Victoria no, vendetta.

Vendetta del aquí y del ahora

que mira a los ojos del destino

y provoca un vértigo de acantilado,

de caverna donde las sombras

son solo sábanas tristes

que simplemente recuerdan.

Cosmogonía

Y en esta cosmogonía de las palabras donde nos agitamos en escorzos, en tristes alegorías pendulares sobre un eje imaginario e imperfecto nuestros élitros se congelaron en el aire y ya no pudimos movernos. Lo imperceptible se hizo cuerpo y mil imágenes olvidadas se fueron posando en nuestras almas como pétalos lunares. Reivindico la humanidad sin ventanas negras, reivindico realidades, cicatrices sin tapujos, heridas sin reservas, el dolor ácido y silencioso que ha llamado a nuestras puertas disfrazado de áridas verdades. Reivindico el llanto a nuestros muertos, las cenizas en nuestras manos a cientos, a miles, ardiendo, como solo pueden quemarnos por dentro cuando nos deja nuestra sangre.

Desde mi atalaya

Te miraba desde mi atalaya interna, desde mis almenas lejanas, a tu horizonte de dominios absolutos, de curvas peligrosas, donde solo yo reconocía de forma intuitiva tus laberintos, la gravedad lunar que te habitaba. Mis ojos eran desventuras traspasando tu piel, obsidianas en tu busca, hurgando desesperadas en los recovecos de una palabra adherida a tu alma, ceñida a tu cuerpo como un ritual. Me flagelaba con tu innata propensión a la seducción, tierra fecunda donde pudieran germinar mis versos sin trabas. Y tu mirada, siempre fértil, que nunca se inclinó ante nadie, conmigo se inclinaba, invitándome a tatuarte un poema que supiera a ansia y fuego, a miel y agua.

Hijos infértiles de la memoria

Nosotros, hijos infértiles de la memoria, sombras invisibles que nos creíamos dueños del sol y de la cruda tierra. No nos bastaba la luz, ni la hierba. No nos bastaban los abrazos ni las sonrisas, ni las palabras ingrávidas ni imperfectas. No nos bastaban el aire ni el viento, ni el relámpago ni la nube pasajera. Y de repente el silencio sobre nuestras carnes hundió sus fauces y dejó una oquedad de bóveda derribada, de sacrilegio, de desolador hueco en nuestras almas profanadas. Sollocé. Sollocé aquella noche y las siguientes. Y entonces, como una revelación, el humano misterio, el más grande, la compasión se hizo cuerpo, manos, bordes, límites, palmadas aullando a las ocho de la tarde, de cada tarde, de cada ciudad, de cada rincón del planeta. Y a ese instante de gratitud le pusimos nombre. Y ya la veíamos acercarse. A nosotros, a vosotros, mis hermanos, solo nos bastará la luz y la hierba, el abrazo y la sonrisa y esa palabra imperfecta que rompa el aire en forma de relámpago y llene nuestros templos de silencio con miles de gritos de esperanza. Las bóvedas derribadas nunca serán en vano. Que su legado nos hablará de que nosotros, vosotros, mis hermanos, de ahora en adelante seremos mucho más que hombres y mujeres, que seremos más humanos.

El espejo insondable

Destacado

Escribo desde la margen del yacimiento más profundo, aquel que alberga siempre algo impredecible, el espejo insondable. A veces me resulta absurdo tirar palabras como piedras a ese lago en calma, oscuro fuego fecundo que siempre creo cancerbero de ángeles. Tengo la certeza casi absoluta que ahí dentro aguardan las respuestas, las verdades que me huyen vacilantes, que me esquivan en su neutro hermetismo arrogante. Y en ese ejercicio, en ese relámpago de furia ciega me entrego a esa piedra, soy la piedra que cae con estrepitoso cantar y vulnera la frontera horizontal entre lo real y lo contingente. Pero, ¿y si no hubiera divisoria? ¿Y si buscar fuera el camino? ¿Y si yo mismo he creado los escenarios, los límites, el brocal ecuánime y el encendido abismo?