Interludio IV (IV de IV)

Inicié el intenso asedio

al incierto intervalo interregno

con el vértigo versátil hablando en verso,

verbo interior que intercede al verte,

verdugo invisible del intelectual que llevo dentro

y que murió al verme armado con la intención.

En la linde del corazón se instaló la delirante razón

y un vernáculo ardid con una predicción

que vulneró todos los complejos

pues con impredecible dulzura

me desgarró un te quiero

y en ese absoluto misterio

vivo hoy, soy, y seguiré siendo pura locura, voz y silencio.

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Interludio III

Un, dos, tres, cuatro,

sístole contra diástole,

evidencia de que sin contrario

la sangre no puede correr,

que el arrecife sin mar no es inmortal,

que los vértices fecundan espinas,

e irrefutable la lucidez vio una salida.

Sobre el eje escrutador de ese tapiz

me eché a dormir como un gato,

desperté en un yacimiento de fulgores,

y sobre ese manto fecundante transité

en contradictoria desmesura,

alegre y triste a la vez.

Interludio II

Invoqué a mis extremos,

pero el diagnóstico es siempre doloroso y tenaz,

para el que trata de unir un relámpago

con una insólita tierra de sal y recelos,

donde es más fácil fingir que hacer frente a la realidad.

Y entre continente y contenido amargo,

encontré una alegoría explícita,

una revelación de lucidez audaz,

un camino etéreo,

un incauto disfrazado de mí

y una asombrosa línea gris dentro de un pensamiento fugaz.

Multiverso

Podría suceder –aún se debe confirmar–

que si en esta dimensión tú y yo no nos encontramos

en una segunda te parta el corazón por varios lados.

En una tercera que deba pagar impuestos por mirarte de lejos

o lanzar alabanzas al recoger los restos de tus lágrimas caídas en falso.

Podría suceder –los físicos aún no se ponen de acuerdo–

que haya una cuarta dimensión en la que yo sea de vapor dorado,

y tú seas la residencia favorita de mis húmedos besos no aptos

para pieles con altos índices corrosivos por ser de hierro y cobalto:

sería cautivo de un amor platónico, utópico y bárico­.

En una quinta –los filósofos la discutirían porque solo saben contar hasta cuatro–

nos diluiríamos en esencias perfumadas de azahar cuántico

y viajaríamos de vacaciones a Casiopea o a la constelación de Taurus

montados a lomos de una estrella fugaz, de fiesta en fiesta, y a ratos

parando para comer un montadito en un bar de carretera estelar y barato.

En una sexta –los ingenieros cuadriculados ya perdieron la cuenta–

mi corazón volvería a tropezar contigo, quizás por inercia,

o porque se atragantó con un agujero de gusano y loco de locura amatoria quiso

devorarte a sangre fría los labios azules –el azul está de moda en esa dimensión–

y dibujarte garabatos y lunares en la piel a la luz de un centenar de lunas.

En la séptima –los niños de preescolar suelen hacerlo–

hablaríamos solo con gestos, siendo las palabras multicolores destellos

que nacerían de los nudillos como flores en celo e irían subiendo por el cuello

de un modo tan sencillo que formarían estelas que flotarían en la atmósfera

y se mezclarían de una forma tan eufórica que darían lugar a un séptimo cielo.

En la octava –universo matemático por excelencia–

el número “π” se mearía en todas las esquinas y si te viera incluso en tus zapatos,

los “Logaritmos Neperianos” serían un grupo de rock que estaría de moda,

yo sería la “e” que se integraría en algún local a tomarse unas copas

para verte bailar en la pista –no tengo ninguna duda– como número imaginario.

Podría suceder que la novena dimensión estuviera en obras

–con políticos elucubrando elecciones– y tuviéramos que saltar hasta la décima

donde tú serías la reina robótica más bella y yo naturalmente tu mejor vasallo,

allí donde los abrazos son eléctricos y se llevan los cables de punta,

donde lo más inteligente es hacerse el idiota, incluso siendo el último modelo.

De qué cielo estremecido vienen las musas

¿De qué cielo estremecido

y sin memoria vienes tú

que plantas en mis labios

una trémula señal de agua,

de húmedos silencios,

de nacimientos alados,

de reinos aún por crear?

Dijiste “aquí”,

y yo dije “¿cuándo?”

¿De qué constelación imposible

te avienes a brillar

absurda, bella, hiriente,

burlándote de la muerte,

de los límites,

de las fronteras,

de la aprensión por el salto?

Dijiste “ya”

y yo dije “¿ahora?

Sabías que la sed no se piensa,

que un huracán no escoge,

que el sol no se eleva,

que la sangre muerde

y no duda,

que… o estás muerto

o ya puedes levantar la cabeza.

Dijiste “sí”

y yo dije “ahora…

o nunca”.

Sucede que todavía

Sucede que todavía siento,

que mis ciudades invisibles se mueven

bajo la piel de asfalto,

al unísono,

con una consigna de luces cambiantes.

Sucede que los pájaros grises no huyen,

solo se esconden curiosamente,

soñando primaveras urbanas,

donde el sol se refleja en cristales

y los árboles simplemente no sueñan.

Sucede que no sé qué me sucede,

que siempre te espero contando abrazos

aquellos que me faltan para decirte

que ya no me sobra el tiempo,

que este año el invierno fue bisiesto,

y que yo siempre te espero contando primaveras.

Interludio I

Expectante, me acerqué al brocal

donde rebosaban las palabras en desproporción.

Voluble dogma el de los versos,

el de los poemas que salen de los intersticios

de un alma en constante deconstrucción,

de una Babel imprecisa que rompió los límites

de su propio aljibe al vacilar.

Solo pedí tiempo

y el tiempo embriagado de locura

me devolvió en forma de pregunta una verdad.

Semilla

“La clave de tu futuro está escondida en tu vida diaria.”

Pierre Bonnard

Mi futuro es la semilla

plantada en el ahora,

esa magistral ola,

del día que culmina

en este momento

y da pie

a un nuevo comienzo.

Esquirla del pasado

que se incrusta e instiga,

me estimula e incita

a no quedarme parado,

olvidar lamentos,

sed de ser,

salir de contexto,

de la zona de confort

en la que nos hallamos,

y salir a por un presagio,

un augurio,

un crisol,

un laberinto,

un espejo,

comprender

que hoy será ayer

y el ayer no solo nos hace más viejos

sino más sabios.

La orilla de tu alma

Me senté en la orilla de tu alma

a contemplar la orografía de tus paradojas,

la belleza de tu geografía tan pura,

tus incógnitas, tus laderas, tus hojas.

Te busqué en el silencio de las mañanas,

cuando aún la luz no llena las horas

para cubrirte de mis besos de luna

y entregarme a tus valles y auroras.

Te viví en la densidad de mis alas,

en mis abrazos de sol y de sombras,

en la sed de mis tierras desnudas,

en la certeza de mis labios que te nombran.

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