Cosmogonía

Y en esta cosmogonía de las palabras donde nos agitamos en escorzos, en tristes alegorías pendulares sobre un eje imaginario e imperfecto nuestros élitros se congelaron en el aire y ya no pudimos movernos. Lo imperceptible se hizo cuerpo y mil imágenes olvidadas se fueron posando en nuestras almas como pétalos lunares. Reivindico la humanidad sin ventanas negras, reivindico realidades, cicatrices sin tapujos, heridas sin reservas, el dolor ácido y silencioso que ha llamado a nuestras puertas disfrazado de áridas verdades. Reivindico el llanto a nuestros muertos, las cenizas en nuestras manos a cientos, a miles, ardiendo, como solo pueden quemarnos por dentro cuando nos deja nuestra sangre.

Desde mi atalaya

Te miraba desde mi atalaya interna, desde mis almenas lejanas, a tu horizonte de dominios absolutos, de curvas peligrosas, donde solo yo reconocía de forma intuitiva tus laberintos, la gravedad lunar que te habitaba. Mis ojos eran desventuras traspasando tu piel, obsidianas en tu busca, hurgando desesperadas en los recovecos de una palabra adherida a tu alma, ceñida a tu cuerpo como un ritual. Me flagelaba con tu innata propensión a la seducción, tierra fecunda donde pudieran germinar mis versos sin trabas. Y tu mirada, siempre fértil, que nunca se inclinó ante nadie, conmigo se inclinaba, invitándome a tatuarte un poema que supiera a ansia y fuego, a miel y agua.

Hijos infértiles de la memoria

Nosotros, hijos infértiles de la memoria, sombras invisibles que nos creíamos dueños del sol y de la cruda tierra. No nos bastaba la luz, ni la hierba. No nos bastaban los abrazos ni las sonrisas, ni las palabras ingrávidas ni imperfectas. No nos bastaban el aire ni el viento, ni el relámpago ni la nube pasajera. Y de repente el silencio sobre nuestras carnes hundió sus fauces y dejó una oquedad de bóveda derribada, de sacrilegio, de desolador hueco en nuestras almas profanadas. Sollocé. Sollocé aquella noche y las siguientes. Y entonces, como una revelación, el humano misterio, el más grande, la compasión se hizo cuerpo, manos, bordes, límites, palmadas aullando a las ocho de la tarde, de cada tarde, de cada ciudad, de cada rincón del planeta. Y a ese instante de gratitud le pusimos nombre. Y ya la veíamos acercarse. A nosotros, a vosotros, mis hermanos, solo nos bastará la luz y la hierba, el abrazo y la sonrisa y esa palabra imperfecta que rompa el aire en forma de relámpago y llene nuestros templos de silencio con miles de gritos de esperanza. Las bóvedas derribadas nunca serán en vano. Que su legado nos hablará de que nosotros, vosotros, mis hermanos, de ahora en adelante seremos mucho más que hombres y mujeres, que seremos más humanos.

El espejo insondable

Escribo desde la margen del yacimiento más profundo, aquel que alberga siempre algo impredecible, el espejo insondable. A veces me resulta absurdo tirar palabras como piedras a ese lago en calma, oscuro fuego fecundo que siempre creo cancerbero de ángeles. Tengo la certeza casi absoluta que ahí dentro aguardan las respuestas, las verdades que me huyen vacilantes, que me esquivan en su neutro hermetismo arrogante. Y en ese ejercicio, en ese relámpago de furia ciega me entrego a esa piedra, soy la piedra que cae con estrepitoso cantar y vulnera la frontera horizontal entre lo real y lo contingente. Pero, ¿y si no hubiera divisoria? ¿Y si buscar fuera el camino? ¿Y si yo mismo he creado los escenarios, los límites, el brocal ecuánime y el encendido abismo?

Amanecer

Sobre esa madrugada de sombras

rompen los astros,

vienen a morir sin tregua

en los brazos de la aurora,

que sangra en luz ascendente

pidiendo audiencia.

¡Esa boca que sube!

¡Ese destello valiente!

Cincel de brillo ciego,

horizonte de rayos, veleros

ya colmados de noche

piden hacerse cuerpo,

piden ser verdad.

¡Hijos de la tierra y el cielo!

¡Venid! ¡Tocadme!

Echadme vuestro cálido aliento,

vuestra alegría invasora,

vuestro intangible fuego.

El brindis

Dejadme que brinde hoy por los atrapasueños,

por los delirios que resplandecen en los ojos de las lechuzas,

por la raíz del dolor

y los años roncos que me partieron por la cintura.

Por los decibelios que encontraron cobijo en mis huesos,

por la tristeza azul de tus ojos y la sonrisa permanente en las venas,

por el viento famélico que me tortura por las noches,

por los momentos revestidos de deseo,

por las ojeras que me trajo noviembre

y por los destellos de plata y ocre de enero.

Por las esclusas que debo pasar para verte,

por los relámpagos en mi sangre que como luces de neón

siempre suben la montaña en busca del trueno.

Por tu padre, por tu madre, por tus hermanos y por tus hijos,

por todos los ríos, por todos los desafíos,

por todos los desniveles del mundo entero,

por todo el calor consumido y por el frío.

Por las horas que se acaban y por las que nunca llegaron,

por las que nacen sin que sepamos por qué ni cuando,

por los que siembran cielos azules en grises cielos,

por las dudas, por las certezas,

por el amor que nos une,

por las humildes grandezas que después de años

nos siguen acompañando en nuestro camino.

Por todos los sueños que desearíamos ver cumplidos,

por las bienvenidas, por las despedidas,

por los daños, por las heridas que escuecen

y por aquellas que hace tanto tiempo cicatrizaron.

Dejadme que brinde hoy por la vida,

por tu vida, por mi vida, por nuestras vidas,

que un día se entrelazaron y aquí siguen

dándolo todo en este brindis para que recordemos

que este momento es simplemente perfecto

y que para vivir no hay secretos,

que en la mía ya solo hay cabida,

para toda la gente que quiero.

Vengo descalzo

Pensabas que vendría volando

y vengo descalzo

con pequeños pasos sin huella,

con un susurro,

con un grito callado,

con mi verdad a secas,

con poesía de p minúscula,

de rincón, de libreta.

Vengo de leer sin luz

con mis libros a cuestas,

con mis dudas llenas de ilusiones

ya sin nombre,

ya sin años ni aventuras,

ya sin el mundo mojado de ternuras

pisándome los talones.

Vengo descalzo a decirte

que solo soy un grano de arena o nube,

que contigo quizás llegue a ser duna o tormenta,

y quizás, y solo quizás, horizonte.

Semilla

“La clave de tu futuro está escondida en tu vida diaria.”

Pierre Bonnard

Mi futuro es la semilla

plantada en el ahora,

esa magistral ola,

del día que culmina

en este momento

y da pie

a un nuevo comienzo.

Esquirla del pasado

que se incrusta e instiga,

me estimula e incita

a no quedarme parado,

olvidar lamentos,

sed de ser,

salir de contexto,

de la zona de confort

en la que nos hallamos,

y salir a por un presagio,

un augurio,

un crisol,

un laberinto,

un espejo,

comprender

que hoy será ayer

y el ayer no solo nos hace más viejos

sino más sabios.

La orilla de tu alma

Me senté en la orilla de tu alma

a contemplar la orografía de tus paradojas,

la belleza de tu geografía tan pura,

tus incógnitas, tus laderas, tus hojas.

Te busqué en el silencio de las mañanas,

cuando aún la luz no llena las horas

para cubrirte de mis besos de luna

y entregarme a tus valles y auroras.

Te viví en la densidad de mis alas,

en mis abrazos de sol y de sombras,

en la sed de mis tierras desnudas,

en la certeza de mis labios que te nombran.

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