Donde mis manos te invocan

Donde mis manos te invocan

con clamor de relámpagos, 

donde lo impredecible prefiere

un flamígero destello incipiente

a un chispa tenue en noche rota.

¿Signo? Signo no, huella.

¿Delirio? Delirio no, quimera.

Hasta que la mitad de mis pliegues

venzan a mis antiguas derrotas,

con fragor de estrellas declaro,

en desorden transfigurado,

que hoy, contigo, es la hora.

¿Canto? Canto no, piedra.

¿Sangre? Sangre no, tierra.

Que mi alma abra sus puertas

y que mi cuerpo pida tu boca

cuando pronuncie tu nombre

en este aljibe que tanto rebosa 

ahora que nada y todo importa.

¿Gesto? Gesto no, seña.

¿Cuerpo? Cuerpo no, materia.

De los labios del mundo brotan

alas, paraísos apremiantes que urgen

a la fragilidad de la memoria

a que me dejen ser Aquiles,

Ares envuelto en piel agónica.

¿Deuda? Deuda no, quiebra.

¿Victoria? Victoria no, vendetta.

Vendetta del aquí y del ahora

que mira a los ojos del destino

y provoca un vértigo de acantilado,

de caverna donde las sombras

son solo sábanas tristes

que simplemente recuerdan.

Cosmogonía

Y en esta cosmogonía de las palabras donde nos agitamos en escorzos, en tristes alegorías pendulares sobre un eje imaginario e imperfecto nuestros élitros se congelaron en el aire y ya no pudimos movernos. Lo imperceptible se hizo cuerpo y mil imágenes olvidadas se fueron posando en nuestras almas como pétalos lunares. Reivindico la humanidad sin ventanas negras, reivindico realidades, cicatrices sin tapujos, heridas sin reservas, el dolor ácido y silencioso que ha llamado a nuestras puertas disfrazado de áridas verdades. Reivindico el llanto a nuestros muertos, las cenizas en nuestras manos a cientos, a miles, ardiendo, como solo pueden quemarnos por dentro cuando nos deja nuestra sangre.

Desde mi atalaya

Te miraba desde mi atalaya interna, desde mis almenas lejanas, a tu horizonte de dominios absolutos, de curvas peligrosas, donde solo yo reconocía de forma intuitiva tus laberintos, la gravedad lunar que te habitaba. Mis ojos eran desventuras traspasando tu piel, obsidianas en tu busca, hurgando desesperadas en los recovecos de una palabra adherida a tu alma, ceñida a tu cuerpo como un ritual. Me flagelaba con tu innata propensión a la seducción, tierra fecunda donde pudieran germinar mis versos sin trabas. Y tu mirada, siempre fértil, que nunca se inclinó ante nadie, conmigo se inclinaba, invitándome a tatuarte un poema que supiera a ansia y fuego, a miel y agua.

Hijos infértiles de la memoria

Nosotros, hijos infértiles de la memoria, sombras invisibles que nos creíamos dueños del sol y de la cruda tierra. No nos bastaba la luz, ni la hierba. No nos bastaban los abrazos ni las sonrisas, ni las palabras ingrávidas ni imperfectas. No nos bastaban el aire ni el viento, ni el relámpago ni la nube pasajera. Y de repente el silencio sobre nuestras carnes hundió sus fauces y dejó una oquedad de bóveda derribada, de sacrilegio, de desolador hueco en nuestras almas profanadas. Sollocé. Sollocé aquella noche y las siguientes. Y entonces, como una revelación, el humano misterio, el más grande, la compasión se hizo cuerpo, manos, bordes, límites, palmadas aullando a las ocho de la tarde, de cada tarde, de cada ciudad, de cada rincón del planeta. Y a ese instante de gratitud le pusimos nombre. Y ya la veíamos acercarse. A nosotros, a vosotros, mis hermanos, solo nos bastará la luz y la hierba, el abrazo y la sonrisa y esa palabra imperfecta que rompa el aire en forma de relámpago y llene nuestros templos de silencio con miles de gritos de esperanza. Las bóvedas derribadas nunca serán en vano. Que su legado nos hablará de que nosotros, vosotros, mis hermanos, de ahora en adelante seremos mucho más que hombres y mujeres, que seremos más humanos.

El espejo insondable

Destacado

Escribo desde la margen del yacimiento más profundo, aquel que alberga siempre algo impredecible, el espejo insondable. A veces me resulta absurdo tirar palabras como piedras a ese lago en calma, oscuro fuego fecundo que siempre creo cancerbero de ángeles. Tengo la certeza casi absoluta que ahí dentro aguardan las respuestas, las verdades que me huyen vacilantes, que me esquivan en su neutro hermetismo arrogante. Y en ese ejercicio, en ese relámpago de furia ciega me entrego a esa piedra, soy la piedra que cae con estrepitoso cantar y vulnera la frontera horizontal entre lo real y lo contingente. Pero, ¿y si no hubiera divisoria? ¿Y si buscar fuera el camino? ¿Y si yo mismo he creado los escenarios, los límites, el brocal ecuánime y el encendido abismo?

Memento mei

Un silencioso movimiento de cadenas y glóbulos rojos,

un palacio habitado por un secreto,

un símbolo brillante en la portada de un libro nunca abierto.

Es. Pero nadie sabe.

Una espina en el cerebro,

una palabra hecha carne,

un corazón palpitando en un desierto,

un espacio que no se puede llenar con posibilidades.

Habla. Pero no hay nadie.

Un castillo flotando en el cielo,

una hora inacabada en el aire,

un montón de naranjas rodando por el suelo,

un vagabundo caminando por una calle,

una espada cortando a diestro y siniestro:

sueños como sables.

Un puñal trepando por un árbol,

una señal señalando el cielo,

un dios buscando padre,

un aliado en un verso,

un brindis por las escamas de un dragón

y una despedida al viento:

Memento mei et vale

(Acuérdate de mí y adiós).

Caminabas

Pues hoy os dejo otro poema para el reto de escritura de septiembre Escribir jugando (septiembre) del blog de Lídia

Caminabas

por el delirio atroz

de la memoria,

anclada a un todavía,

donde mi voz ardía

de fugaz noche,

y no me quisiste,

y yo no quería,

y aún así quisimos los dos,

ser frontera y derroche

que nos separara aún más

mientras nos unía.

Soñé aquelarres,

de magia sombría,

soñé cruzar puentes entre canales

de rubíes sangre como la vida,

soñé llegar a tu puerta de plata,

llamarte por tu nombre,

y soñé que me abrías.

Recorrí el sendero

y entre espadas y devaneos,

me mostraste el tintero

con el que escribiría

mil una historias

y un fascinante reto.

¡No leer!

Hoy os advierto,

no me acerco hasta vosotros con mi voz más dulce y callada,

esa que huye quieta como un verso de amor.

Hoy no llego para ser caricia,

ni abrazo amable, ni alegre canción.

Hoy tengo la boca llena de alfileres

y mis manos, afiladas, derraman pasión.

Que hoy se me mueve algo por dentro porque no puedo poner nombres a lo incontenible,

a lo invisible,

a ese misterio de sangre estremecida,

oscura,

de abismos y anhelos que desarman y rompen estructuras,

que hoy solo soy una voz de líquido acero fundido, al rojo blanco,

alquimia,

tuétano ardiente que se despliega en la carne como raíz irresistible y atroz.

Y las palabras salen a borbotones,

queman,

como un vómito de espeso fuego que me abrasa la garganta pero que necesita hacerse cuerpo,

hacerse entrega,

y arañar vuestros oídos y vuestros ojos,

entrar en comunión con ese incendio lento

que haga arder vuestro corazón.

Quiero dejaros ciegos,

dejaros sordos con mi voz,

que ardamos juntos en este puto infierno

en el que seré vuestro,

pero en el que al fin,

con vosotros

podré ser

solo

yo.

Poema y Microrrelato “Escribir jugando”

Pues hoy os dejo dos excentricidades Poema y Microrrelato para el reto de escritura de julio «Escribir jugando» de el blog de Lídia.

Poema “Salta”

 

Esa no soy yo.

Infiel reflejo de mi desidia,

de mis monstruos que se ocultan bajo la piel

de mis despedidas,

de mis insanas esquinas que ya no ven lo que soy

ni lo que fui.

Deshazte de mí,

de mi sombra,

de la historia que dicta el espejo de un destino

huérfano de primaveras y delirios,

y salta al precipicio.

Hazlo por mí.

Será el mejor sacrificio

que puedan hacer tus zonas erróneas

para que vivir ya no sea sobrevivir,

y que el miedo por fin muera en esa fosa

de monstruos y derrotas.

Hazlo por ti.

 

Microrrelato “Templo de la Luna”

Habíamos quedado en vernos de nuevo en aquel antro donde nos conocimos, el “Templo de la Luna”. “Aquí ni siquiera el reflejo de tu espejo te reconocería si te viera”, me dijiste la última vez. Y debió ser cierto porque a partir de aquella noche una de dos, o cambié tanto que ni mi propio reflejo me encontró o decidiste ignorarme para siempre.