Multiverso

Podría suceder –aún se debe confirmar–

que si en esta dimensión tú y yo no nos encontramos

en una segunda te parta el corazón por varios lados.

En una tercera que deba pagar impuestos por mirarte de lejos

o lanzar alabanzas al recoger los restos de tus lágrimas caídas en falso.

Podría suceder –los físicos aún no se ponen de acuerdo–

que haya una cuarta dimensión en la que yo sea de vapor dorado,

y tú seas la residencia favorita de mis húmedos besos no aptos

para pieles con altos índices corrosivos por ser de hierro y cobalto:

sería cautivo de un amor platónico, utópico y bárico­.

En una quinta –los filósofos la discutirían porque solo saben contar hasta cuatro–

nos diluiríamos en esencias perfumadas de azahar cuántico

y viajaríamos de vacaciones a Casiopea o a la constelación de Taurus

montados a lomos de una estrella fugaz, de fiesta en fiesta, y a ratos

parando para comer un montadito en un bar de carretera estelar y barato.

En una sexta –los ingenieros cuadriculados ya perdieron la cuenta–

mi corazón volvería a tropezar contigo, quizás por inercia,

o porque se atragantó con un agujero de gusano y loco de locura amatoria quiso

devorarte a sangre fría los labios azules –el azul está de moda en esa dimensión–

y dibujarte garabatos y lunares en la piel a la luz de un centenar de lunas.

En la séptima –los niños de preescolar suelen hacerlo–

hablaríamos solo con gestos, siendo las palabras multicolores destellos

que nacerían de los nudillos como flores en celo e irían subiendo por el cuello

de un modo tan sencillo que formarían estelas que flotarían en la atmósfera

y se mezclarían de una forma tan eufórica que darían lugar a un séptimo cielo.

En la octava –universo matemático por excelencia–

el número “π” se mearía en todas las esquinas y si te viera incluso en tus zapatos,

los “Logaritmos Neperianos” serían un grupo de rock que estaría de moda,

yo sería la “e” que se integraría en algún local a tomarse unas copas

para verte bailar en la pista –no tengo ninguna duda– como número imaginario.

Podría suceder que la novena dimensión estuviera en obras

–con políticos elucubrando elecciones– y tuviéramos que saltar hasta la décima

donde tú serías la reina robótica más bella y yo naturalmente tu mejor vasallo,

allí donde los abrazos son eléctricos y se llevan los cables de punta,

donde lo más inteligente es hacerse el idiota, incluso siendo el último modelo.

Anuncios

Memento mei

Un silencioso movimiento de cadenas y glóbulos rojos,

un palacio habitado por un secreto,

un símbolo brillante en la portada de un libro nunca abierto.

Es. Pero nadie sabe.

Una espina en el cerebro,

una palabra hecha carne,

un corazón palpitando en un desierto,

un espacio que no se puede llenar con posibilidades.

Habla. Pero no hay nadie.

Un castillo flotando en el cielo,

una hora inacabada en el aire,

un montón de naranjas rodando por el suelo,

un vagabundo caminando por una calle,

una espada cortando a diestro y siniestro:

sueños como sables.

Un puñal trepando por un árbol,

una señal señalando el cielo,

un dios buscando padre,

un aliado en un verso,

un brindis por las escamas de un dragón

y una despedida al viento:

Memento mei et vale

(Acuérdate de mí y adiós).