Los pecados capitales

No puedo evitar comerte con los ojos,

como devoraría tu piel en este instante,

como un carnívoro animal inquietante,

que te acecha con locura amante de lobo.

Te deseo, como sólo puedo desear yo solo,

quisiera arrancarte la ropa y desordenarte,

hacerte mía y traerte a mi infierno de Dante,

y quemarte en mi lujuria de demente loco.

En mi locura sólo veo tus labios tan rojos,

y envidio a todo aquel que ose mirarte

y deleitarse en tu cuerpo y contemplarte

como diosa que eres de angelical rostro.

En mi avaricia te deseo mía y lloro

de rabia y de codicia si no puedo anclarte

a mi piel como si fueras mi estandarte

mi mayor dicha, mi más preciado tesoro.

Si no estás, tormentas de fuego imploro,

con violenta furia mi cuerpo entero arde,

buscándote ciego por no tenerte delante,

pensándote quizás en brazos de otro.

Mataría porque fueras mía y mía sólo,

y que mi ira fuera huracán de desastres

para el que sueñe un instante con tocarte,

porque te quiero a ti y hoy lo quiero todo.

Soberbia, raíz de todos los pecados propios,

quieres reinar sobre el más bello estanque,

domesticar a la más bella ninfa salvaje

para sentirte mejor que cualquier otro.

Pero quien mucho aprieta sólo obtiene despojos,

porque suficiente nunca será bastante

para quien quiere solo saborear la carne

y no probar el alma que hay en el fondo.

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