La rebelión de las sombras

Hola a todos, aprovechando estas fechas tan señaladas os comparto mi última aportación en Letras y Poesía, un relato de miedo, homenaje a mis autores predilectos del género como Poe, Lovecraft, Mary Shelley y tantos otros que hicieron de este uno de los grandes géneros de la literatura.

Espero que os guste.

La rebelión de las sombras

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Numen

Por primera vez en su vida las palabras se agolparon en su garganta, se corrompieron al chocar en su propia contradicción, en el deseo punzante que le provocaba el abrazo de ella y la necesidad acuciante de huir. Pero su sentido común había huido antes.

─ Espera –le dijo con un tono suplicante.

Y en esa única palabra cabía toda la melancolía de la palabra ausencia, el vacío infinito que deja la pasión insatisfecha, un grito hueco, desesperado e invisible que quedó suspendido en el aire como el humo de un cigarro que dibuja un signo de interrogación.

Los ojos de ella se abrieron un poco, lo suficiente para marcar en sus labios el comienzo de una leve sonrisa llena de sarcasmo. Pero como concediendo el último deseo a un condenado entornó la mirada y se giró hacia el sillón.

Comenzó a desvestirse con marcada parsimonia, de espaldas a él, y se acomodó de forma obscena con una sonrisa burlona en sus labios. Él se giró, frenético, buscando el lienzo que descansaba en blanco en un rincón. Su mano temblorosa se calmó al coger el pincel, y comenzó a pintar en un estado casi místico, poseído por una fuerza interna que trataba de plasmar en apenas un instante la mezcla de sentimientos que le provocaba ella. Los trazos firmes que delineaban la curva de su cuerpo se fundían a continuación con los colores más intensos de su paleta cromática. El tiempo pareció detenerse, como otras veces en las que la mirada de él se quebraba en los pliegues de la piel de ella, buscando la combinación ideal de luces, colores y sombras que pudiera dejar indefectiblemente unida a la realidad del lienzo aquel mágico destello de perfección absoluta.

Justo un segundo antes de terminar supo que aquel sería el último cuadro que merecería la pena haber pintado en su vida. Giró la mirada a tiempo de verla un vez más. Calíope cerró la puerta de golpe al salir.

El súper

 

Voy en el coche camino a casa. Marco el teléfono de mi mujer con el “manos libres”. Una, dos, me contesta a la tercera:

-Hola cariño, ¿ya has salido?

-Sí, ya voy. Oye, ¿hay que comprar algo en el súper? Ya sabes que me pilla de paso. Por si quieres que pare a comprar algo para la cena.

-Compra algo de pan, jamón, tomate… algo así, no te compliques. Por cierto ¿te has enterado del atentado que ha habido en París?

-No, no sabía nada. ¿Qué ha pasado? Parece ser que un yihadista se ha parado en los Campos Elíseos, ha sacado un arma y ha matado a un policía al menos. Luego lo han abatido, pero parece ser que la Policía está buscando cómplices.

-Bufff, ¡madre mía! ¡Y el domingo son las elecciones en Francia!

-Ya ves. Esos quieren influir en las elecciones. Bueno, cielo, te espero en casa entonces.

-Vale. Venga, pues un beso, enseguida voy.

Cuelgo mientras voy llegando al parking del súper. Lo dejo en la superficie. Es amplio y a esta hora de la tarde no hay mucho ajetreo. La gente con familia suele ir a comprar los fines de semana, pero nosotros aún no tenemos hijos así que puedo ir a cualquier hora en la que los demás estarán preparando cenas, poniendo lavadoras y demás tareas domésticas que irremediablemente deben hacer unos buenos padres de familia.

Tomo un par de bolsas del maletero de mi coche. Son reciclables. Hay que estar en toda clase de detalles para cuidar el planeta. Mi mujer dice que soy un ecologista extremo. Tengo en casa un cubo para cada tipo de basura perfectamente ordenado y con un color diferente.

Dentro no hay mucha gente. Una pareja joven, varias mujeres solas, dos moros y algún que otro hombre que, como yo, se para a comprar algunas cosas antes de llegar a casa. He tomado un pequeño cesto con ruedas, en la cual he introducido mis bolsas. Me paro en las frutas y verduras. Elijo tomates ecológicos. Llevo una temporada que cuido también esos detalles. Un poco de jamón ibérico, del bueno, yogures bio, una caja de cereales, una barra de pan y un vino de Rioja, un buen crianza que riegue el estómago y nos deje un inmejorable sabor de boca.

Me acerco a la caja mientras coloco todos los productos. Voy detrás de la pareja que ha llegado antes a la caja. Detrás de mí se colocan los moros. Putos muros. Están mirando el jamón y el vino que he dejado sobre la cinta transportadora con ojos acusadores. Que estoy en mi país, ¡coño! No sabéis lo que os perdéis.

La cajera ha cobrado junto con los artículos de la pareja que tenía delante la caja de cereales de mi compra.

-Disculpa, eso no es nuestro -le indica el hombre.

-Por favor, coloquen una barra separadora entre las compras -nos dice la cajera al resto, sabiendo que se dirige a mí.

¡Puta sudaca! Encima se atreve a hacerme un reproche. Si había dejado distancia suficiente para distinguir una compra de la otra. Es que no se enteran. Parecen retrasados.

Ya es mi turno y va pasando los artículos uno a uno. Tengo una bolsa dentro de la otra y la saco, pero una de ellas se me cae. Uno de los moros me la recoge del suelo. Por un momento he pensado que me la quería quitar. Me la tiende. La agarro en silencio y meto el resto de artículos. Pago y digo buenas tardes. Ninguno dice nada. ¡Putos moros y puta sudaca! ¡No tienen ninguna educación!

Meto las bolsas en el maletero del coche y me coloco en el sitio del conductor. Arranco, pero me entretengo un instante a mirar el móvil, por si mi mujer ha dejado algún whataspp con alguna cosa pendiente por comprar. No hay mensajes. Por la ventanilla del coche veo pasar a los dos moros. No me había fijado lo suficiente, pero no son jóvenes. Ambos deben rondar los cincuenta años. Puede que menos. No sé por qué pero no puedo evitar pensar en los atentados de París y elucubro que estos podrían ser yihadistas. Me entra miedo. Es un miedo irracional, ya lo sé, pero hace que salga con prisa del parking. De hecho no he querido ni mirarles al pasar a su lado.

Llego a casa con la compra. Le doy un beso escueto en los labios mientras me dedico a colocar la compra. Mi mujer ha puesto el telediario. Están hablando del atentado.

“Un policía ha resultado muerto y otros dos han resultado gravemente heridos en un atentado que ha tenido lugar hoy a las siete de la tarde, hora local en los Campos Elíseos de París. El atentado ha sido reivindicado por Estado Islámico. Otros dos policías abatieron a tiros al individuo que quedó muerto en la acera de la emblemática avenida. Una turista, que se encontraba en el lugar de los hechos, ha sido herida también con carácter leve y se encuentra aún hospitalizada. El presidente de Francia, François Hollande, ha confirmado el carácter terrorista del ataque minutos antes de conocerse la autoría del grupo terrorista a través de la agencia Amaq, cercana a los extremistas.”

-Estos, lo que quieren es influir en las elecciones del domingo -dice mi mujer.

-Seguramente lo que quieren es que la gente vote a Marine Le Pen, de la extrema derecha, así podrían seguir justificando sus ataques.

-Pues yo no sé cómo alguien con dos dedos de frente podría votar a la extrema derecha. Son xenófobos hasta la médula y contradicen claramente el espíritu de Francia: Libertad, Igualdad y Fraternidad. Además este año tienen varios candidatos.

-La verdad, yo tampoco lo entiendo, ni entendería que pudiera pasar algo así aquí.

Digo estas últimas palabras mientras coloco el tomate cortado en rodajas sobre el pan recién cortado y el jamón tan bueno encima y sirvo dos copas de vino. No hay nada como un buen vino para hacer pasar el mal trago de las imágenes que acabamos de ver del atentado en París.

Transfiguración

Día 1

Mi mujer ha hecho las maletas y se ha largado. A sus habituales murmullos acompañados de aspavientos les añadió un gesto de determinación, marcado con un par de arrugas en su pequeña nariz respingona y un pequeño tic en su ojo derecho. Si bien es cierto que no osaré declarar defensa alguna que pueda servir para obviar el hecho de que esta vez creo que la razón está de su parte. Ella diría que siempre está de su parte, como no puede ser de otra manera en un matrimonio con tantos años de mutua compañía e incomprensión. Aún así debo declarar que espero que no sea algo definitivo.

La causa de su partida no puede sorprenderme lo más mínimo, porque es el extraño olor a azufre que asola toda la casa desde hace días. Me achaca no hacer nada para remediarlo y ha decidido irse a casa de su madre mientras encuentro una solución definitiva. No dudéis ni por un momento que he tomado ciertas iniciativas durante estos días: he comprobado desagües y cañerías, utilizado nuevos productos de limpieza, revisado la nevera, e incluso me atreví a mover algunos electrodomésticos, esperanzado de encontrar algún bicho o comida en mal estado que por accidente hubiera ido a descansar en algún sitio inesperado o poco habitual. Sin éxito.

Lo malo es que poco a poco me fui dando cuenta de que el origen del olor era mi propio cuerpo. Lo que al principio achaqué a una sudoración excesiva luego determiné que tenía difícil forma de solucionar. Incluso con los mejores productos de aseo personal del mercado era incapaz de enmascarar un olor tan marcado. No es de extrañar por tanto que mi mujer renunciara a compartir espacio común conmigo hasta que recupere al menos un olor soportable.

Día 2

Después de su partida he podido confirmar que la cosa empeora. Esta mañana, cuando me he levantado de la cama he podido comprobar que he dejado marcadas las sábanas de un color oscuro, como si se hubieran chamuscado a fuego lento. Incluso en algunas partes parecían desprender cierto humo. Me he apresurado a tirarlas a la basura directamente. Si mi mujer las ve en ese estado el que se va a la basura soy yo.

Se me han caído varios dientes y no sólo eso, en su lugar me están creciendo, a pasos agigantados, unos dientes de un blanco cegador, acompañados de unos colmillos más pronunciados de lo habitual. Por un momento pensé que, para variar, algo bueno me estaba sucediendo, y ahora iría adquiriendo como por arte de magia la dentadura perfecta de algún presentador de televisión,  pero cuando me vi en un espejo comprobé que no, que no iba a ser el caso. Que más bien iba pareciendo un vampiro de película de serie B, de esas de bajo presupuesto. Por si acaso, me agarré uno de ellos y traté de moverlos, para comprobar fehacientemente de que eran reales y no producto de una imaginación alterada por el olor. De nuevo sin mucho éxito.

Y lo peor del día estaba por llegar, porque poco a poco fui constatando que se me caía el pelo. Yo ya contaba de motu proprio de unas marcadas entradas de serie a ambos lados de mi cabeza, pero no por ello puedo decir que no contara aún con abundante pelo en el resto. Cada vez que me pasaba la mano un mechón de pelo descansaba entre mis dedos. Iba dejando rastro en el suelo y antes de la hora de comer ya me había quedado completamente calvo. Así que no me quedó otra que barrer los restos y con mucho dolor de mi corazón decir adiós a mi pelo junto a las amortajadas sábanas chamuscadas.

Empecé a notar más síntomas durante el día pero decidí no prestarles mucha atención y tratar de relajarme refugiándome en la lectura de algún libro o viendo alguna película de esas que tenía pendiente. Comí frugalmente esperando acontecimientos, porque a esas alturas ya intuía que lo que vendría no podría mejorar mucho mi estado. Y me acosté, eso sí, dejando un pequeño extintor cerca y cubriendo de láminas de papel de aluminio el juego de sábanas con el que he hecho la cama esta mañana.

Día 3

He dormido fatal. El sonido del papel de aluminio al doblarse y romperse y mi creciente estado de ansiedad han hecho el resto. Menos mal que al menos no he tenido que utilizar el extintor. He hecho un burruño con todo el papel de aluminio y ha sido en ese instante cuando me he dado cuenta de que mis uñas han crecido, que son más blancas y puntiagudas. Parece que me lo hubiera hecho alguna esteticien.

Me he encaminado a la ducha a ver si me despejaba un poco y la sorpresa mayúscula me la he llevado cuando por el desagüe de la ducha he empezado a ver cierto plumón negro. Todo ello, unido a un creciente escozor en la espalda ha hecho que al salir de la ducha buscara rápidamente un pequeño espejo que reposa en la repisa del lavabo y me la mirara. No se puede dar crédito a los ojos cuando estos contradicen la lógica, pero yo ya estaba en esos momentos curado de espanto. Dos pequeñas protuberancias cubiertas de plumón negro emergían incipientes de mis omóplatos. Ni corto ni perezoso dejé el espejo, me vestí y me dispuse de nuevo a realizar las tareas cotidianas de náufrago casero.

Trataba de esta forma de alejar de mi mente todo lo que me estaba sucediendo, pero poco a poco la camiseta que llevaba puesta me avisaba a su manera de que se estaba quedando pequeña. Me la tuve que quitar rasgándola con unas tijeras, porque a esas alturas ya era imposible no hacerlo sin llevarme por delante alguna parte extraña de mi nueva anatomía. Crecientes músculos empezaban a definirse con más claridad en mis brazos y en mi torso desnudo y un peso creciente se empezó a manifestar en mi espalda.

Al cabo de un par de horas ya podía notar las alas negras plegadas a mi espalda. Hice ademán de abrirlas, como quien abre sus brazos y sus manos por primera vez pero no conté con la envergadura tan grande de las mismas. Me llevé por delante toda clase de floreros, marcos de fotos y lámparas, pero las desplegué a lo largo del salón, que a ciencia cierta tampoco es que sea muy grande. Por primera vez en varios días una sonrisa se me dibujó en el rostro, para luego mostrar abiertamente mi recién estrenada dentadura.

Orgulloso de mi nuevo musculoso cuerpo, con mi sonrisa y mis alas negras me asomé al balcón de mi casa. De un buen número de balcones asomaban numerosos hermanos. Un sonido grave y muy largo, como de trompetas, se empezó a escuchar en el cielo. Echamos a volar casi al unísono, seguros de nuestro destino. Y yo pensando: “Si mi mujer pudiera verme ahora mismo…”