Actitud

Llevo conmigo una luz que me ilumina,
una idea de alma que nunca apaga al otro,
al tú que soy yo mismo cuando estoy solo,
al reflejo impaciente del espejo que me mira.
Llevo un rebelde inoportuno que me grita
que no me pierda, que nunca sea sordo
al sentir vehemente contra todo pronóstico,
que no me esconda, que no me rinda.
Extiendo mis alas, cierro por fin mis heridas,
echo a volar al cielo siempre que no corro
más, más, más arriba, directo, con aplomo,
para tener mayor visión, mayor perspectiva.
Llevo en mi espalda cien mundos y una vida,
y no me paro, sé que mañana podré con todo,
y que todo pasa, la piel, la soledad, el oro,
porque sé que el tiempo ya no me esquiva.

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Deduces por mi silencio

Deduces por mi silencio

que en mí se suceden

implacables mis argumentos,

y brotan oscilantes,

como juncos anclados al suelo

que se sostienen desafiantes,

como un castillo de naipes

ante huracanado viento.

Pero no hay cálculo que valga

que soporte un sentimiento.

Quemante hoguera vacilante,

humo negro llenando un cielo

de un mundo que no obedece premisas,

imagen de un futuro incierto que me arrastre

en su caudal de azar, de prisas,

de estrellas que sin sosiego

me dejan ciego con su ceniza.

Súbito contraste,

antítesis de mi reflejo pendenciero

que deja con su brusco aliento

traspasando el margen de mi paisaje,

perfilando una verdad en el espejo,

que haga llover fuego

delante de mis ojos sangrantes.

 

Que llueva, que llueva fuego

de ahora en adelante.

Y que nadie me espere quieto,

que no habrá cómputos,

ni deducciones,

ni conjeturas,

ni hipótesis,

ni estadísticas,

ni mediciones,

ni baremos,

ni tasaciones,

que den cumplida presencia,

al dolor,

a la compasión,

al pesar,

a la ventura

al afecto,

al amor,

a la ternura,

a la pasión que sin desenfreno,

llena y desemboca sin rienda y sin brida,

en este momento de mi vida

que no pide consejo,

solo sentirse vivida.

No pretendo

“La vida es dura pero con los bellos momentos se aprende que aunque las lágrimas nos ensucian el rostro, terminan limpiándonos el corazón.”

Anónimo

No pretendo borrar los malos momentos,

la muerte, la destrucción, la tristeza,

un error del pasado o ciento.

No pretendo ser memoria o triste anhelo,

homenaje, obsequio, certeza,

de la pérdida o del desprecio.

No pretendo dibujar sobre el viento

una leyenda, una oración que reza

a un adiós, dios del tiempo.

Sólo pretendo el sentimiento,

pedestal con una promesa

de vivir cada momento intenso,

escribir con sangre y hueso,

sobre mis alegrías y mis penas,

sacar todo lo que llevo dentro,

liberar el alma de todo el peso

y vaciarlo de pesares y cadenas,

echar a volar sin pagar más precio,

del que ya pagué en su momento,

enjugando el rostro en la arena

y levantarme por fin sonriendo,

ir a más, ir in crescendo,

romper en trozos mis esquemas,

alzarme en aspavientos,

rendirme a mis excesos,

hacer poemas,

matarme a besos.

Resurrección

Músculos tensos, llenos de música,

hacen renacer el momento de insolencia

que ha engañado a la experiencia

con la antítesis de la finalidad,

antídoto contra la paciencia

que obliga a esperar

algo que no se sabe si vendrá.

Despliego la ciencia de la mortalidad

como alas de barro en plasma

y obligo a la conciencia a matar

en olor de casta santidad:

guerra santa contra la prudencia,

pena de muerte para la resurrección

de mi yo póstumo:

de arena que soy,

de polvo que fui,

de aire que seré,

de algo hay que morir,

por algo habría que nacer.

Yo ya he averiguado por qué.