El espejo insondable

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Escribo desde la margen del yacimiento más profundo, aquel que alberga siempre algo impredecible, el espejo insondable. A veces me resulta absurdo tirar palabras como piedras a ese lago en calma, oscuro fuego fecundo que siempre creo cancerbero de ángeles. Tengo la certeza casi absoluta que ahí dentro aguardan las respuestas, las verdades que me huyen vacilantes, que me esquivan en su neutro hermetismo arrogante. Y en ese ejercicio, en ese relámpago de furia ciega me entrego a esa piedra, soy la piedra que cae con estrepitoso cantar y vulnera la frontera horizontal entre lo real y lo contingente. Pero, ¿y si no hubiera divisoria? ¿Y si buscar fuera el camino? ¿Y si yo mismo he creado los escenarios, los límites, el brocal ecuánime y el encendido abismo?

De grillos y cuervos

Te vacías de grillos y cuervos,

disruptiva, unilateral,

de intenciones y argumentos,

destensando el cerebro,

de cimientos y plenilunios,

de gatos de garaje y arrabal.

Pensé en decirte una palabra:

piedra,

puñal,

o quizás hoy,

o quizás sal.

Pero esa palabra murió atascada,

bloqueada por grillos y cuervos,

por estrellas negras,

por miradas en el umbral.

Pensé en dedicarte un gesto,

caricia,

beso,

papel quizás,

o quizás señal,

grial de hiel o vino amargo,

indigesto teatro o ritual,

de este animal venido a menos,

descompuesto, trivial.

Te derramas en aspavientos,

disyuntiva, desigual,

de injurias vacilantes y duelos,

enturbiando el suelo y el cielo,

enhebrando el silencio

con teselas de pedernal.

Pensé en congelar el momento,

trance,

instante,

quizás lamento,

o quizás terminal,

voz clandestina de furtivo silencio,

verbo ilegítimo y glacial

que quedó colgando a las puertas

de una boca cosida a fuego,

de un agujero negro abisal.