¡No leer!

Hoy os advierto,

no me acerco hasta vosotros con mi voz más dulce y callada,

esa que huye quieta como un verso de amor.

Hoy no llego para ser caricia,

ni abrazo amable, ni alegre canción.

Hoy tengo la boca llena de alfileres

y mis manos, afiladas, derraman pasión.

Que hoy se me mueve algo por dentro porque no puedo poner nombres a lo incontenible,

a lo invisible,

a ese misterio de sangre estremecida,

oscura,

de abismos y anhelos que desarman y rompen estructuras,

que hoy solo soy una voz de líquido acero fundido, al rojo blanco,

alquimia,

tuétano ardiente que se despliega en la carne como raíz irresistible y atroz.

Y las palabras salen a borbotones,

queman,

como un vómito de espeso fuego que me abrasa la garganta pero que necesita hacerse cuerpo,

hacerse entrega,

y arañar vuestros oídos y vuestros ojos,

entrar en comunión con ese incendio lento

que haga arder vuestro corazón.

Quiero dejaros ciegos,

dejaros sordos con mi voz,

que ardamos juntos en este puto infierno

en el que seré vuestro,

pero en el que al fin,

con vosotros

podré ser

solo

yo.

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Deduces por mi silencio

Deduces por mi silencio

que en mí se suceden

implacables mis argumentos,

y brotan oscilantes,

como juncos anclados al suelo

que se sostienen desafiantes,

como un castillo de naipes

ante huracanado viento.

Pero no hay cálculo que valga

que soporte un sentimiento.

Quemante hoguera vacilante,

humo negro llenando un cielo

de un mundo que no obedece premisas,

imagen de un futuro incierto que me arrastre

en su caudal de azar, de prisas,

de estrellas que sin sosiego

me dejan ciego con su ceniza.

Súbito contraste,

antítesis de mi reflejo pendenciero

que deja con su brusco aliento

traspasando el margen de mi paisaje,

perfilando una verdad en el espejo,

que haga llover fuego

delante de mis ojos sangrantes.

 

Que llueva, que llueva fuego

de ahora en adelante.

Y que nadie me espere quieto,

que no habrá cómputos,

ni deducciones,

ni conjeturas,

ni hipótesis,

ni estadísticas,

ni mediciones,

ni baremos,

ni tasaciones,

que den cumplida presencia,

al dolor,

a la compasión,

al pesar,

a la ventura

al afecto,

al amor,

a la ternura,

a la pasión que sin desenfreno,

llena y desemboca sin rienda y sin brida,

en este momento de mi vida

que no pide consejo,

solo sentirse vivida.

Calvario

Enero es un frío, áspero sudario

que envuelve e inquieta mi alma,

mis exhumados recuerdos, mi rabia,

porque tu silencio es mi calvario,

mi sed de ti, mi mortaja.

Mi destino será mi Gólgota diario,

pues no hay castigo que valga,

el dolor que tanto me desgarra

de romperme en mil pedazos

cada vez que te miro a la cara.

Y yo mismo soy mi adversario,

mi propio verdugo, mi cizalla,

que quiere tu fusta, tu vara,

para sufrirte tan callando,

para vivirte tan canalla.

Todos los días miro mi cadalso,

mi patíbulo, mi tormento, mi daga,

para sentirte más mía, cercana,

por un momento serás mi sagrario,

en el que se inclinen mis palabras,

por un instante seré mercenario

que viva y muera por tus cábalas,

que vigile las blancas murallas,

de mi propio sepulcro legendario,

del que pueda resucitar mañana.

El lenguaje de tu cuerpo encendido

Como quien enciende un signo de interrogación,

te delineo con la mirada inquieta, atenta,

íntima de sonidos y puntos suspensivos,

creando un nuevo lenguaje que te reta,

que te hechiza y te aprieta a la ley de mi corazón.

Quieta,

mira lo que te hago con la ternura de mis manos,

con las yemas que te besan como letras,

esbozando sobre tu piel palabras de amor

que insinúan, que expresan una gesta,

o un gesto de ausencias y contenido dolor.

Quieta,

disfruta de este intervalo que aprieta el paso,

en el que un segundo es una vida concreta

que necesita expresarse, ser lengua y guión,

partitura, papel mojado, que se borra y se apresta

a ser de nuevo agarrado y hacerte temblar de amor.

Quieta,

gime en una sílaba infinita, sintagma quebrado,

mientras mi cuerpo se hace pájaro y se adentra

plena de poesía, de prosa y de canción,

en tu oscuro territorio de diptongos e hiatos,

donde yo acentúo tu carne con toda mi pasión.

Quieta,

sé mía, morfema que da sentido a mi lexema,

a esa parte de mí que crece en toda su extensión

y te abarca y te penetra en la sintaxis de tu alma inquieta,

para ser contigo sustantivo, verbo y núcleo que quema

tu boca concreta en esta ardiente oración.

Quieta,

enrédate, conjúgate en mis versos sin ninguna razón,

rompe mis esquemas, escribe con tus uñas y apuesta

todo tu cuerpo a ser adverbio, adjetivo o conjunción

que se encresta en los pronombres y manifiesta

hasta exclamar gritando una interjección.