Deuda del alma

Desde que hallaste la manera

de transfigurar la primera sensación

en una invitación al amor

soy cadáver prisionero

de tu extraño modelo.

Quiero despojarme de la materia

compañera de vacíos

cargados de silogismos

causa-efecto sin sentido,

que ya no siento ni padezco,

que solo me queda

esta eléctrica impaciencia de vuelo,

ansias de ventanas abiertas

que anuncien resurrección:

deuda del alma

al cuerpo.

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Insisto

Insisto con la música oculta tras el brillo

de distantes palabras,

porque en el silencio,

hasta un susurro puede parecer un grito.

Esta constante impaciencia que a veces domino

y a veces me domina

alienta al orgullo

a matar la cobardía del insolente latido

que aún vive sin permiso

en un “todavía”,

porque aún sé decir te quiero

aunque abrace el aire de una mentira

o la sombra de un recuerdo.

No puede lastimarme ya el olvido

porque ha quedado lejos.

Ignoro la cortesía que no siente alegría

y me arrodillo ante el sueño

que teje en sí mismo

el camino de mi vida.

Se agota la saliva en la lengua

pero aguanta la idea en el seno

del papel que lo vio nacer

como un nuevo día.

Sabe que aquí siempre tendrá un amigo

a pesar de las balas de silencio,

a pesar de la sangre engañada,

a pesar de las débiles manos

que arrancaron una rosa al desierto.