Cavernícola

No por el placer de tenerte

o de perderte,

por el precio de la prisa,

o de la ambición,

de desconocer que una caricia

hace más estragos

que una flecha al corazón.

Enigmática hembra,

fúgate conmigo a respirar café

en tragicómica apariencia,

que estoy anémico de tu cariño,

de tu resplandor subversivo,

con el que unges a quien se acerca

como adoradores al sol.

Y este indómito cavernícola,

que apenas puede soñar con tu voz,

se deshace en la concupiscencia,

en las sensuales muestras que dejas

como las migas abandonadas

en aquel cuento atroz

y de repente se despista

y no encuentra ni rastro de tu huella,

ni rastro conspirador

que me mantenga alerta

y devuelva un atisbo de esperanza

de esa caricia malsana

de un beso que lleve tu sabor.

Quédate conmigo un segundo,

por favor,

antes de que el mundo se marchite

y que yo mismo deje de ser yo.

Déjame desgarrarte el alma a besos,

enraizarme en las grietas y en las ramas

de tu árbol generoso de llamas cálidas

y déjame treparte alrededor,

de tus piernas desde abajo,

de tus muslos en flor,

y déjame devorarte entera

que seguiré subiendo por tus brazos

para llenarte la boca y la vida

de este invasor destinado

a incendiarte y liberar tu corazón.

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El rastro ígneo

El rastro ígneo de tu paso fugaz,

como un aleteo de párpado,

alumbra un instante mágico,

cincela en el aire un hambre voraz,

un presagio, el trance de un afán,

ansia de tenerte en mis brazos,

de marcarte a fuego cegado,

de hundirme en tu mundo abisal.

Pero no estás en el lapso crucial

y por mis deseos me arrastro,

buscando la huella, el retazo,

del envarado perfume animal.

¡Viento del sur, espuma de mar!

Desapareces cuando te alcanzo,

eres la sombra de ese remanso,

que se esconde de mí sin parar.

¡Arráncame este anhelo de sal!

de lágrima dulce, del quebranto

de soñar aguaceros en vano,

de soñar por soñar.

¡Arráncame este anhelo de azar!

de sirenas de pelo enmarañado,

de mañanas de azul verano,

de mañanas por tallar.

Entre todas las razones se hallará

una sola que me haga extraño,

y que no deja de hacerme daño,

pero ni una sola que me haga dudar.

La aritmética del amor

Sabemos tantas cosas
y no sabemos nada,
la aritmética del amor es falsa,
que tú y yo, no somos dos,
a veces somos uno,
y otras ninguno,
a veces todo pasa
y a veces todo hiere.
Y somos un silencio,
una multitud silenciosa,
que libra una batalla en un sueño,
un beso vacío,
una música que se pierde,
un iluso contando las muescas de bala
en un corazón roto contracorriente,
un rayo buscando dueño,
un camino que no lleva a ninguna parte.
La aritmética del amor no es arte,
es la gran mentira que daña,
que mata al más fuerte,
es orgullosa, es estricta,
es falsa, y no advierte.
Viene, y se marcha y desaparece,
pero deja un huella imborrable,
para siempre.