La mirada virgen

La mirada virgen,

en virtud de lo aprendido

se muda en nada,

en grieta espesa

que se conforma conmigo,

transgrede y hurta

a mi alma un exceso,

el dolor del amago,

del vidrio templado

que exige una huida

y termina con un simulacro

de vida, de cuerpo celeste,

que irreparable profetiza

una alegoría de fe partida,

ardid, artimaña, intriga,

maniobra moribunda de sol.

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Estar partido

Intuías en el cobre

con tus manos de escarcha

una raíz, una llaga,

un dolor que entonces

no podías entender.

Y yo me movía invisible,

incompleto,

arrancado por entero,

de cuajo,

de una tierra imposible

de soñar o de creer.

No soy sólo la historia

“Lo que existe detrás nuestro y lo que existe delante de nosotros es algo insignificante comparado con lo que existe dentro de nosotros.”

Emerson

 

No soy sólo la historia

que vive detrás de mi vida,

polvo enamorado, ceniza,

resplandor de mi memoria.

No soy sólo la presencia

que alumbra este momento

que se desboca corriendo,

llegada, partida, esencia.

No soy sólo el presagio

ni el eco de lo que seré

ni el porvenir de mi alegría.

Soy todo lo que hago,

uno, ciento, hambre y sed,

raíz, entrega, herida.

Noviembre

Qué difícil es cerrar los ojos

y no verte,

mascar la vida en síntesis,

y sentir la herida,

la máscara de una sonrisa,

que disfrace el dolor,

y perderte,

y perderme en un hosco,

ciego rastro de prisas

y silencios.

Mientras Madrid duerme,

la lluvia limpia

los recuerdos agridulces,

las huellas dentelladas

y calientes

que dejaron mella

en este sueño líquido,

en esta esquirla,

en esta brecha,

en este frío refugio

carente

de tu esencia,

del sueño de una vida

que nunca se produjo,

de la nada inversa,

del influjo moribundo

de una muerte

anunciada y ciega.