La mirada virgen

La mirada virgen,

en virtud de lo aprendido

se muda en nada,

en grieta espesa

que se conforma conmigo,

transgrede y hurta

a mi alma un exceso,

el dolor del amago,

del vidrio templado

que exige una huida

y termina con un simulacro

de vida, de cuerpo celeste,

que irreparable profetiza

una alegoría de fe partida,

ardid, artimaña, intriga,

maniobra moribunda de sol.

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Interludio I

Expectante, me acerqué al brocal

donde rebosaban las palabras en desproporción.

Voluble dogma el de los versos,

el de los poemas que salen de los intersticios

de un alma en constante deconstrucción,

de una Babel imprecisa que rompió los límites

de su propio aljibe al vacilar.

Solo pedí tiempo

y el tiempo embriagado de locura

me devolvió en forma de pregunta una verdad.

Noviembre

Qué difícil es cerrar los ojos

y no verte,

mascar la vida en síntesis,

y sentir la herida,

la máscara de una sonrisa,

que disfrace el dolor,

y perderte,

y perderme en un hosco,

ciego rastro de prisas

y silencios.

Mientras Madrid duerme,

la lluvia limpia

los recuerdos agridulces,

las huellas dentelladas

y calientes

que dejaron mella

en este sueño líquido,

en esta esquirla,

en esta brecha,

en este frío refugio

carente

de tu esencia,

del sueño de una vida

que nunca se produjo,

de la nada inversa,

del influjo moribundo

de una muerte

anunciada y ciega.