Cavernícola

No por el placer de tenerte

o de perderte,

por el precio de la prisa,

o de la ambición,

de desconocer que una caricia

hace más estragos

que una flecha al corazón.

Enigmática hembra,

fúgate conmigo a respirar café

en tragicómica apariencia,

que estoy anémico de tu cariño,

de tu resplandor subversivo,

con el que unges a quien se acerca

como adoradores al sol.

Y este indómito cavernícola,

que apenas puede soñar con tu voz,

se deshace en la concupiscencia,

en las sensuales muestras que dejas

como las migas abandonadas

en aquel cuento atroz

y de repente se despista

y no encuentra ni rastro de tu huella,

ni rastro conspirador

que me mantenga alerta

y devuelva un atisbo de esperanza

de esa caricia malsana

de un beso que lleve tu sabor.

Quédate conmigo un segundo,

por favor,

antes de que el mundo se marchite

y que yo mismo deje de ser yo.

Déjame desgarrarte el alma a besos,

enraizarme en las grietas y en las ramas

de tu árbol generoso de llamas cálidas

y déjame treparte alrededor,

de tus piernas desde abajo,

de tus muslos en flor,

y déjame devorarte entera

que seguiré subiendo por tus brazos

para llenarte la boca y la vida

de este invasor destinado

a incendiarte y liberar tu corazón.

Numen

Por primera vez en su vida las palabras se agolparon en su garganta, se corrompieron al chocar en su propia contradicción, en el deseo punzante que le provocaba el abrazo de ella y la necesidad acuciante de huir. Pero su sentido común había huido antes.

─ Espera –le dijo con un tono suplicante.

Y en esa única palabra cabía toda la melancolía de la palabra ausencia, el vacío infinito que deja la pasión insatisfecha, un grito hueco, desesperado e invisible que quedó suspendido en el aire como el humo de un cigarro que dibuja un signo de interrogación.

Los ojos de ella se abrieron un poco, lo suficiente para marcar en sus labios el comienzo de una leve sonrisa llena de sarcasmo. Pero como concediendo el último deseo a un condenado entornó la mirada y se giró hacia el sillón.

Comenzó a desvestirse con marcada parsimonia, de espaldas a él, y se acomodó de forma obscena con una sonrisa burlona en sus labios. Él se giró, frenético, buscando el lienzo que descansaba en blanco en un rincón. Su mano temblorosa se calmó al coger el pincel, y comenzó a pintar en un estado casi místico, poseído por una fuerza interna que trataba de plasmar en apenas un instante la mezcla de sentimientos que le provocaba ella. Los trazos firmes que delineaban la curva de su cuerpo se fundían a continuación con los colores más intensos de su paleta cromática. El tiempo pareció detenerse, como otras veces en las que la mirada de él se quebraba en los pliegues de la piel de ella, buscando la combinación ideal de luces, colores y sombras que pudiera dejar indefectiblemente unida a la realidad del lienzo aquel mágico destello de perfección absoluta.

Justo un segundo antes de terminar supo que aquel sería el último cuadro que merecería la pena haber pintado en su vida. Giró la mirada a tiempo de verla un vez más. Calíope cerró la puerta de golpe al salir.

23 de junio

Antes de que la noche más corta

sea cautiverio de tu boca invicta,

cubriré las horas más precisas

con derrotas que saben a preludio,

con el aroma que te embriaga

y te asombra,

con mi sonrisa canina

que a mis labios se asoma,

y te invita.

Me adentraré en tu maleza virgen,

en las flores ardientes que brotan,

de tu pecho caliente de rosa,

a las que mis manos se ciñen,

como rocas que respiran

y te nombran y te invocan.

Habitaré tu sangre tan roja,

seré tu saliva y tus gemidos,

recorreré el canal de tus sueños,

como barquero encendido.

Y viviré en tus sombras,

en aquellas más oscuras

que te encienden y te rozan

y te roban los sentidos.

Me abrirás tus puertas,

y tus latidos,

y yo seré tu luna llena,

la dulce hoguera que arda

en la noche más larga

que será la más corta

porque estarás conmigo.

Reconciliación

Te has ido a la cama esta noche

dando un portazo de sábana y frío,

dejando entre nosotros terreno baldío,

esperando que el sueño funda los reproches.

Y yo, que no aguanto esas escenas

podría haberte lanzado  una réplica,

pero me refugio en el silencio de piedra,

y entrecierro mis ojos arrullado por tus quejas.

Y ahora que duermes y te miro

tu cuerpo dibujar de sirena tu silueta,

tu mueca de desprecio y tu boca resuelta,

que no paran de pedir guerra, desafío, conflicto,

mis manos te tocan en pregunta,

mientras tú te revuelves con rechazo,

y yo insisto bajo sábanas buscando el tacto,

con prudencia, con caricias en forma de duda.

Mis brazos te envuelven con ternura,

tú te arqueas hasta aceptarme y me aceptas,

y yo te envuelvo enlazándome mientras jadeas

dibujando tu cuerpo con mi cuerpo en tu cintura.

Y ya las sábanas son un dulce ovillo

que envuelven tus muslos apasionados

y me incitan y me devoran hasta hacerme daño

llevándome más allá de los dominios del olvido.

Nos doblamos con espasmo de juncos,

mecidos por el viento, huracán de deseo,

y me ciño lentamente a tu placer en descenso,

hasta saciar este momento, este instante único.

Yaces en este mar revuelto

de abrazos y sábanas calientes,

y te oigo murmurar una sonrisa silente,

una bendición, una blasfemia y un perdón encubierto.

La verdad vertical

Verte, como el verbo que en boca teje

la intensa intimidad que se desboca,

por el tránsito intranquilo de fiebre

que versátil verso suelto provoca.

Vierte en mí tus centellas e intercede,

salva del yugo al tránsfuga que toca

tu alma traslúcida, intranquila y vence

con toda tu fuerza interna, trastoca,

la verdad vertical que sol implora,

vértigo interior, abismo latente,

ven ya sin demora y rompe, derrota,

cualquier impedimento, inconveniente,

con ímpetu, empuje que desborda,

impulso que corta esta hora insolente.

Los pecados capitales

No puedo evitar comerte con los ojos,

como devoraría tu piel en este instante,

como un carnívoro animal inquietante,

que te acecha con locura amante de lobo.

Te deseo, como sólo puedo desear yo solo,

quisiera arrancarte la ropa y desordenarte,

hacerte mía y traerte a mi infierno de Dante,

y quemarte en mi lujuria de demente loco.

En mi locura sólo veo tus labios tan rojos,

y envidio a todo aquel que ose mirarte

y deleitarse en tu cuerpo y contemplarte

como diosa que eres de angelical rostro.

En mi avaricia te deseo mía y lloro

de rabia y de codicia si no puedo anclarte

a mi piel como si fueras mi estandarte

mi mayor dicha, mi más preciado tesoro.

Si no estás, tormentas de fuego imploro,

con violenta furia mi cuerpo entero arde,

buscándote ciego por no tenerte delante,

pensándote quizás en brazos de otro.

Mataría porque fueras mía y mía sólo,

y que mi ira fuera huracán de desastres

para el que sueñe un instante con tocarte,

porque te quiero a ti y hoy lo quiero todo.

Soberbia, raíz de todos los pecados propios,

quieres reinar sobre el más bello estanque,

domesticar a la más bella ninfa salvaje

para sentirte mejor que cualquier otro.

Pero quien mucho aprieta sólo obtiene despojos,

porque suficiente nunca será bastante

para quien quiere solo saborear la carne

y no probar el alma que hay en el fondo.

Oscuro mar de mis deseos

El otro oscuro mar de mis deseos

lleno de los besos que me enmudecen

no se circunscriben a humanas leyes,

y sólo se navegan con tus veleros,

porque si tuviera que morir dos veces,

primero moriría envuelto en tus besos,

luego en tus abrazos de ardiente fuego,

y más tarde descansaría en la muerte,

en tu vientre, fuente de mis anhelos

donde rompes con desprecio mis grilletes,

donde gritas con pasión a mis huestes,

donde mis verdades serán mis anzuelos,

que te alcen de ese mar tan revuelto

y te envuelvan en mis dulces vaivenes,

y me resuciten una vez más de la muerte,

para entregarte mi cuerpo de nuevo.

La ventana

Esta noche dejé la ventana abierta

para que mis pensamientos echaran a volar,

y dibujé soles en el cielo nocturno

para que alumbraran tus pasos al llegar.

Y tejí temblores en tus flores y en tus venas,

te desnudé de tiempos donde quebrar,

bebí liviano el veneno de tus piernas paralelas

y en el mar de tus caderas fui capitán.

Murmuré ardores y vigilias, fui centinela,

en la hora herida mi nombre fue talismán,

presa pobre de tu boca tan hambrienta,

sincera muestra de este oscuro guardián.

Pinté de colores tus labios, tus colmenas,

tus esquinas perfumadas de blanco azahar,

construí promesas con esquirlas de tormenta

y por tu cuerpo, como el viento, me dejé llevar.