∼ Eco ∼

Sólo queda el eco sombrío de amarte,
la palabra sorda, la palabra muda,
el rencor en cada esquina de mi piel,
que te aguarda con amarga inquina,
el beso del aire denso que se conjura
para reclamar tu cuerpo y sus espinas.

Sólo nos queda el viaje a ninguna parte,
la mirada esquiva, la mirada curva,
así que hagamos un trato en el papel:
no soñaré ni un minuto más de ningún día
ni con tu templo erigido a las dudas
ni con tu dolorosa, parca sonrisa fugitiva.

Porque ya no quiero arder,
no quiero ser contigo,
solo quiero volver,
reencontrarme,
ser testigo,
renacer,
ser desafío,
proclamarme,
monarca, canciller,
rebelde y dios vencido,
y romper a volar, correr, crecer.

Que sólo quede el eco de que una vez
te amé sin guión ni partituras,
que traté de calmar tu sed
pero tu sed no entiende de enigmas,
que sólo vivía de conjeturas
que en mi vida ya no tienen sitio.

No pretendo

“La vida es dura pero con los bellos momentos se aprende que aunque las lágrimas nos ensucian el rostro, terminan limpiándonos el corazón.”

Anónimo

No pretendo borrar los malos momentos,

la muerte, la destrucción, la tristeza,

un error del pasado o ciento.

No pretendo ser memoria o triste anhelo,

homenaje, obsequio, certeza,

de la pérdida o del desprecio.

No pretendo dibujar sobre el viento

una leyenda, una oración que reza

a un adiós, dios del tiempo.

Sólo pretendo el sentimiento,

pedestal con una promesa

de vivir cada momento intenso,

escribir con sangre y hueso,

sobre mis alegrías y mis penas,

sacar todo lo que llevo dentro,

liberar el alma de todo el peso

y vaciarlo de pesares y cadenas,

echar a volar sin pagar más precio,

del que ya pagué en su momento,

enjugando el rostro en la arena

y levantarme por fin sonriendo,

ir a más, ir in crescendo,

romper en trozos mis esquemas,

alzarme en aspavientos,

rendirme a mis excesos,

hacer poemas,

matarme a besos.

El muro

Quebrado el abanico de las posibilidades

no termino nunca de despojarme

de las palabras que me atan,

que en un continuo vaciarme

se pudren en mi alma.

Hice un muro alrededor

y no pensé en lo que dejaba fuera.

Me seducía la secreta razón

de una visión de lo imposible

que hizo su nido en mi corazón

cerrando la puerta a lo posible.

Y ahora camino entre dos mundos

sin perder de vista mis visiones,

poniendo en duda

mi criadero de cánones y fugas.

Y es que no se pueden sacar conclusiones

y aplicarlas a la conducta

como si la vida estuviera formada

por ecuaciones sin solución.

Desenlace

He roto lazos con lo previsible

pues me muevo en tierra de nadie

como un ángel invisible

que lo ve todo y nada sabe.

Y todo lo que existe no es todo lo pensable:

cabe todo en tu mirada

y eso me hace vulnerable

a cada palabra hecha carne,

a cada enigma sublime

madre de mis sueños,

sangre de mi sangre:

¿cometa en tránsito

o estrella fija?

¿abismo en duda

o cielo que arde?

¿Quién sabe?

Rectilíneo, mi camino es lento;

improviso, pero no pretendo

pararme ni un momento

delante de tu imagen.

Y los días van recobrándose

con celeridad de esperanza

con infinitos que renacen,

con un azul de mañana,

¿ficción invasora

o simplemente arte?

¿reflejo del instinto

o reflejo del instante?

¿Quién sabe?

A ciegas me entrego,

placer de vuelo:

desenlace.

Calma que colma

Calma de agua que colma

el ruido interno

la negación constante,

despertar de hombre que roza

el dulce misterio,

el eterno instante,

¿es todo lo que todo asombra?

¿es todo un hecho?

¿es todo relevante?

Plenitud de agua que borras

y barres mi techo,

y te extiendes y me invades,

cúrvate en mí y reposa,

mójame muy dentro,

antes de que sea tarde.

Testigo íntimo que goza

de un lugar de privilegio,

de la lluvia que me parte

me envuelve y me desaloja,

haciendo de mis restos

húmeda presencia que arde.

Déjame naufragar en tus olas,

conjúgate en mis versos,

hazme inmortal entre mortales,

para ser el hombre que te nombra,

el mágico destello

calado hasta los huesos errantes.

Déjame soñarte a deshoras,

bañarme en tus besos,

mezclar mis lágrimas al llorarte,

principio, gota a gota,

intacto al desaliento,

último fin de todos los finales.

La aritmética del amor

Sabemos tantas cosas
y no sabemos nada,
la aritmética del amor es falsa,
que tú y yo, no somos dos,
a veces somos uno,
y otras ninguno,
a veces todo pasa
y a veces todo hiere.
Y somos un silencio,
una multitud silenciosa,
que libra una batalla en un sueño,
un beso vacío,
una música que se pierde,
un iluso contando las muescas de bala
en un corazón roto contracorriente,
un rayo buscando dueño,
un camino que no lleva a ninguna parte.
La aritmética del amor no es arte,
es la gran mentira que daña,
que mata al más fuerte,
es orgullosa, es estricta,
es falsa, y no advierte.
Viene, y se marcha y desaparece,
pero deja un huella imborrable,
para siempre.

Noviembre

Qué difícil es cerrar los ojos

y no verte,

mascar la vida en síntesis,

y sentir la herida,

la máscara de una sonrisa,

que disfrace el dolor,

y perderte,

y perderme en un hosco,

ciego rastro de prisas

y silencios.

Mientras Madrid duerme,

la lluvia limpia

los recuerdos agridulces,

las huellas dentelladas

y calientes

que dejaron mella

en este sueño líquido,

en esta esquirla,

en esta brecha,

en este frío refugio

carente

de tu esencia,

del sueño de una vida

que nunca se produjo,

de la nada inversa,

del influjo moribundo

de una muerte

anunciada y ciega.

Insisto

Insisto con la música oculta tras el brillo

de distantes palabras,

porque en el silencio,

hasta un susurro puede parecer un grito.

Esta constante impaciencia que a veces domino

y a veces me domina

alienta al orgullo

a matar la cobardía del insolente latido

que aún vive sin permiso

en un “todavía”,

porque aún sé decir te quiero

aunque abrace el aire de una mentira

o la sombra de un recuerdo.

No puede lastimarme ya el olvido

porque ha quedado lejos.

Ignoro la cortesía que no siente alegría

y me arrodillo ante el sueño

que teje en sí mismo

el camino de mi vida.

Se agota la saliva en la lengua

pero aguanta la idea en el seno

del papel que lo vio nacer

como un nuevo día.

Sabe que aquí siempre tendrá un amigo

a pesar de las balas de silencio,

a pesar de la sangre engañada,

a pesar de las débiles manos

que arrancaron una rosa al desierto.

La noche eligió el suicidio

La noche eligió el suicidio,
el lenguaje impreciso y el designio mortal
de cristal ardiente, de sueño huido,
de artificio y fuego real,
tatuaje en dos palabras dividido:
nunca jamás.
Y la almohada se tiñe de rojo,
almenara ceñida a tus ojos de metal,
donde veo ardiendo la mirada helada,
el ruido como profecía letal,
de un cuándo y un cómo,
un pudo ser y un nunca será.
Quizás los cuervos vengan a comer
mis despojos, a beber del mar
de mis gestos mis restos,
de mis lágrimas la sal,
para escupirme luego a la cara
los anhelos que nunca tuvieron aval.
Mis cicatrices ya no tendrán rostro,
tejerán telarañas en la noche circular,
en el tiempo después del tiempo,
en el desamor después de amar,
en mis entrañas y en mis huesos,
en mi reinado que fue irreal.
Mis huellas se convertirán en camino,
para todo aquel que venga detrás,
y despojado de todo vestigio,
mis derrotas ya no tendrán rival,
que mi memoria será prodigio,
que mis olvidos serán vanidad.
Prestaré a quienquiera mis oídos,
a todo aquel que quiera escuchar,
que se puede arrancar un principio,
en un ataque de realidad,
que ni es igual ni es lo mismo,
que un delirio de libertad.

Jodido idiota

Fui un jodido idiota

de esos que aman por amor al arte,

de esos que construyen y se abren,

de los que se dejan el alma rota

y quitan la ropa al calendario y arden.

 

Recuerdo matar sombras,

y ausente de mí mismo acercarme,

perderme por esas calles

que llevaban tu nombre cosido a mi boca

estrechando el cerco a lo inalcanzable.

 

Fui un jodido idiota,

paraíso para un solo amante,

que creaba castillos en el aire,

espejismos a golpe de derrotas,

mendigo humilde de destellos vacilantes.

 

No tuve lágrimas de sobra

para empaparte y borrarte,

para reivindicarme y olvidarte,

tan ceñida te tenía a mi memoria

que aquella primavera prometió desastres.

 

Fui un jodido idiota

que nunca debió aprender a amarte,

ni dejarse seducir por ese viaje a ninguna parte

equidistante entre un laberinto y una horca,

y sin embargo fui, me atrapaste.

 

Como una araña que enrosca

y atrapa a su presa me devoraste,

y luego en tu tela suave me arrancaste

el corazón a bocados y a deshoras,

y me dejaste temblando, desnudo, errante.

 

Fui un jodido idiota

que volvería a pasar por el trance

de dejarse la vida sin mesura y sin balance,

en los brazos de quien quiera un ahora

lleno de pasiones gigantes.

 

Y puede que ya seas otra

pero te aseguro que por mi parte

seguiré siendo de aquí en adelante

el mismo jodido idiota

que un día tuvo la jodida idea de amarte.