Deuda del alma

Desde que hallaste la manera

de transfigurar la primera sensación

en una invitación al amor

soy cadáver prisionero

de tu extraño modelo.

Quiero despojarme de la materia

compañera de vacíos

cargados de silogismos

causa-efecto sin sentido,

que ya no siento ni padezco,

que solo me queda

esta eléctrica impaciencia de vuelo,

ansias de ventanas abiertas

que anuncien resurrección:

deuda del alma

al cuerpo.

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El lenguaje de tu cuerpo encendido

Como quien enciende un signo de interrogación,

te delineo con la mirada inquieta, atenta,

íntima de sonidos y puntos suspensivos,

creando un nuevo lenguaje que te reta,

que te hechiza y te aprieta a la ley de mi corazón.

Quieta,

mira lo que te hago con la ternura de mis manos,

con las yemas que te besan como letras,

esbozando sobre tu piel palabras de amor

que insinúan, que expresan una gesta,

o un gesto de ausencias y contenido dolor.

Quieta,

disfruta de este intervalo que aprieta el paso,

en el que un segundo es una vida concreta

que necesita expresarse, ser lengua y guión,

partitura, papel mojado, que se borra y se apresta

a ser de nuevo agarrado y hacerte temblar de amor.

Quieta,

gime en una sílaba infinita, sintagma quebrado,

mientras mi cuerpo se hace pájaro y se adentra

plena de poesía, de prosa y de canción,

en tu oscuro territorio de diptongos e hiatos,

donde yo acentúo tu carne con toda mi pasión.

Quieta,

sé mía, morfema que da sentido a mi lexema,

a esa parte de mí que crece en toda su extensión

y te abarca y te penetra en la sintaxis de tu alma inquieta,

para ser contigo sustantivo, verbo y núcleo que quema

tu boca concreta en esta ardiente oración.

Quieta,

enrédate, conjúgate en mis versos sin ninguna razón,

rompe mis esquemas, escribe con tus uñas y apuesta

todo tu cuerpo a ser adverbio, adjetivo o conjunción

que se encresta en los pronombres y manifiesta

hasta exclamar gritando una interjección.