Hijos infértiles de la memoria

Nosotros, hijos infértiles de la memoria, sombras invisibles que nos creíamos dueños del sol y de la cruda tierra. No nos bastaba la luz, ni la hierba. No nos bastaban los abrazos ni las sonrisas, ni las palabras ingrávidas ni imperfectas. No nos bastaban el aire ni el viento, ni el relámpago ni la nube pasajera. Y de repente el silencio sobre nuestras carnes hundió sus fauces y dejó una oquedad de bóveda derribada, de sacrilegio, de desolador hueco en nuestras almas profanadas. Sollocé. Sollocé aquella noche y las siguientes. Y entonces, como una revelación, el humano misterio, el más grande, la compasión se hizo cuerpo, manos, bordes, límites, palmadas aullando a las ocho de la tarde, de cada tarde, de cada ciudad, de cada rincón del planeta. Y a ese instante de gratitud le pusimos nombre. Y ya la veíamos acercarse. A nosotros, a vosotros, mis hermanos, solo nos bastará la luz y la hierba, el abrazo y la sonrisa y esa palabra imperfecta que rompa el aire en forma de relámpago y llene nuestros templos de silencio con miles de gritos de esperanza. Las bóvedas derribadas nunca serán en vano. Que su legado nos hablará de que nosotros, vosotros, mis hermanos, de ahora en adelante seremos mucho más que hombres y mujeres, que seremos más humanos.

Una sola palabra

He creado sueños inanimados,

estáticos en la palabra

mas no por mucho tiempo.

Los sacaré de su estado

cuando llegue el extremo

invulnerable a la nostalgia

que vive en el filo de la hoja

rebosando consciencia de enemigo,

enemigo de mediocres.

Tanteará las sombras

que la memoria sujeta

y dará brío a las estaciones

que esperan la llegada de mi nombre

para luego dar caza a las horas muertas

que volverán a morir a voces.

Pensamiento proscrito en mate

llegará antes de que la noche acabe

para echar al río herencias anteriores

de reyes enterrados por el hambre.

Una sola palabra cerrará el debate

de fuego y rosas,

de llanto y baile.

Una sola palabra vendrá cosida al aire,

oscilando,

como un bocado difícil de tragar,

como una aleta dorsal

surcando el cielo a tu alcance.