Microrrelato: Equinoccio

Tenía que darse prisa. Estaba oscureciendo muy rápidamente, y en aquella parte del bosque la luz se retiraba de forma tan brusca, que en breve le costaría encontrar el camino de vuelta a la cabaña. Cabizbaja buscaba en el suelo las flores y las hierbas que solo crecían en el equinoccio de Aries. Comenzó a cantar, primero dulcemente, en un tono tan bajo que parecía un susurro mezclado con el viento. Poco a poco la canción se hizo cuerpo y la voz de la muchacha se llenó de matices. Sus ojos se volvieron iridiscentes y mostró su verdadero rostro a un mundo mágico y desconocido, como recién nacido en ese mismo instante. De la tierra parecían emerger tallos de semillas de brisa nocturna que con la luz aún diurna se desplegaban en flores de múltiples colores que surgían y morían con una celeridad fabulosa. Conocía de sobra las reglas. Debía recoger las flores justo un segundo antes de morir.

Y en ese momento escuchó el primer crujido entre los árboles cercanos. Dejó de cantar. Comenzó a guardar su extraña cosecha con parsimonia en los bolsillos ocultos de su capa y se cubrió con su capucha. Un segundo ruido, como un roce de hojas a unos metros del anterior, la puso en preaviso. Se colocó de espaldas de forma deliberada a esa presencia oculta de músculos tensos, de hojarasca aplastada de pasos acechantes. El viento ya no mecía las hojas de los árboles y por un momento se hizo en todo el bosque un silencio atronador, espeso, más amenazante incluso que la alimaña salvaje que la rondaba. Se irguió y caminó lentamente alejándose del claro del bosque y del ruido en dirección a un roble viejo. Sintió una respiración fuerte. Un gruñido ansioso de garras y colmillos babeantes. Ya casi estaba. Justo entonces presagió el enorme salto de enérgicas patas detrás de ella. Le bastó ladearse a un lado y apenas un giro de ciento ochenta grados para que la cabeza del lobo se estrellara sobre el tronco del árbol.

El animal jadeaba inconsciente delante de ella. Sacó su cuchillo y lo hundió sin una pizca de compasión en el cuello del animal. Esperó unos instantes y sacando un pequeño cuenco de entre sus ropas lo llenó de la sangre de la bestia moribunda. Se limpió en su capa. El rojo tinto de sus ropas absorbió rápidamente los restos de la hoja afilada. Sonrió. Ya lo tenía todo. Su abuela estaría orgullosa. No por nada la llamaban la bruja del bosque y ella sería su digna sucesora.

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Micorrelato: El árbol de los sueños

Pues hoy os dejo otro Microrrelato para el reto de escritura de agosto «Escribir jugando» del blog de Lídia

Dicen que antiguamente Morfeo y Muerte solían jugar a un juego con los mortales. En un lado de la balanza de Muerte se depositaba el alma y en el otro Morfeo contrapesaba con los sueños del agonizante humano. Solo cuando los sueños superaban el peso del alma Morfeo tenía una oportunidad de negociar y salvar dicha vida. Muerte sonreía cada vez que ocurría y colgaba de su árbol de los sueños sus preciados trofeos. Lo que no sabía es que Morfeo, taimado, solo se desprendía de los sueños perdidos. Y Muerte, astuta, jamás le dijo que siempre eran sus preferidos.

¡No leer!

Hoy os advierto,

no me acerco hasta vosotros con mi voz más dulce y callada,

esa que huye quieta como un verso de amor.

Hoy no llego para ser caricia,

ni abrazo amable, ni alegre canción.

Hoy tengo la boca llena de alfileres

y mis manos, afiladas, derraman pasión.

Que hoy se me mueve algo por dentro porque no puedo poner nombres a lo incontenible,

a lo invisible,

a ese misterio de sangre estremecida,

oscura,

de abismos y anhelos que desarman y rompen estructuras,

que hoy solo soy una voz de líquido acero fundido, al rojo blanco,

alquimia,

tuétano ardiente que se despliega en la carne como raíz irresistible y atroz.

Y las palabras salen a borbotones,

queman,

como un vómito de espeso fuego que me abrasa la garganta pero que necesita hacerse cuerpo,

hacerse entrega,

y arañar vuestros oídos y vuestros ojos,

entrar en comunión con ese incendio lento

que haga arder vuestro corazón.

Quiero dejaros ciegos,

dejaros sordos con mi voz,

que ardamos juntos en este puto infierno

en el que seré vuestro,

pero en el que al fin,

con vosotros

podré ser

solo

yo.

Microrrelato – El árbol

Ahora que todos los poetas duermen me he sentado, alma contra alma, en tu tronco. Vuelvo a mis raíces, buscando el sutil abrazo de tus ramas tiernas, el bello aroma de las hojas que se mezclan en un nocturno canto. Apuesto mi vida entera a que puedes escucharme, a que el arrullo del viento que danza en tu copa me habla y me seduce con su murmullo.

Aquí te conté mis secretos, de niña ajada y rota, de lágrimas bruscas, de señales y cicatrices que como a ti, adornan tu corteza como un pespunte hilvanado de risas con tristezas. Vacilante adolescente que siempre volvía a buscarte, a contarte mis andanzas de corazón impreciso y desnudo, en los nombres de amores ocultos al mundo. En el perfume de mis ansias se asentó un lucero de esperanza baldía, verde profundo, como tu copa que estremecida aguantaba mis proclamas con estoica y cristalina paciencia.

Y ahora, ya madura, ya convertida en deseo, en flor de lava, en madre, en aurora ardiente que mira a tus hojas como se mira al cielo, te estrecho y me desnudo de nuevo el alma entera, y mis palabras, ya sin prisa, ya sin el quebranto del destello de ninguna duda se despiertan de nuevo y se presentan ante ti como una hilera de negras hormigas que suben hasta tocar el cielo que tú siempre rozas. Y me miras y te siento velar por mí como siempre has hecho. Y pienso, ahora sí. Ahora sí, mi árbol. Ahora sí que puedo.

Estorba el enlace

Estorba el enlace provocado

entre la forma y el acto,

entre el infinito de una mirada

y unos labios al hablar.

La apariencia obedece al tacto,

las palabras resbalan perdiendo identidad.

El tiempo no engaña,

sólo alimenta la parodia

solapando los fantasmas antes de matar.

La madrugada se opone a la lógica.

Las leyes no se dictan,

se hacen sobre la marcha,

o se olvidan…

Que descansen en paz.

Prefiero sostenerme en medio de la anarquía

de unos brazos que apenas me conocen

y de unos pasos que no sé adónde van.

Creo en el delirio

de un sonido que se pierde a la deriva

como una escalera al cielo,

como un puente en el mar.

Pido hora para nacer subiendo,

pido hora para nacer de día.

Pido tierra, agua, viento y sal,

masticando la marea de la vida,

reanudando la carrera

antes de tensar el arco

y disparar.

Sobrevivirá la espuma,

no la roca,

y el final de la ligadura

vendrá mezclado

de salvaje ternura,

en el umbral de un sueño,

de piadoso fuego

y azar.

Y todo caerá alegre,

en silencio,

con la sonrisa de la muerte

del movimiento exhausto

que debe detenerse

delante del rey animal.

El rastro ígneo

El rastro ígneo de tu paso fugaz,

como un aleteo de párpado,

alumbra un instante mágico,

cincela en el aire un hambre voraz,

un presagio, el trance de un afán,

ansia de tenerte en mis brazos,

de marcarte a fuego cegado,

de hundirme en tu mundo abisal.

Pero no estás en el lapso crucial

y por mis deseos me arrastro,

buscando la huella, el retazo,

del envarado perfume animal.

¡Viento del sur, espuma de mar!

Desapareces cuando te alcanzo,

eres la sombra de ese remanso,

que se esconde de mí sin parar.

¡Arráncame este anhelo de sal!

de lágrima dulce, del quebranto

de soñar aguaceros en vano,

de soñar por soñar.

¡Arráncame este anhelo de azar!

de sirenas de pelo enmarañado,

de mañanas de azul verano,

de mañanas por tallar.

Entre todas las razones se hallará

una sola que me haga extraño,

y que no deja de hacerme daño,

pero ni una sola que me haga dudar.

Tres cosas en mi vida solo quiero

Tres cosas en mi vida solo quiero,

amor sin medida,

comenzar de nuevo cada día,

y matar el miedo.

Ser auténtico, ser libre,

decir lo que pienso

pensar lo que siento,

un grito unánime,

de mis sentimientos,

que ya no me limita,

que sólo me invita

a soñar este sueño.

Tres cosas solo quiero,

el amor de mi vida,

la garantía indómita

de sentirme pleno,

perseguir una meta,

que nunca se alcanza,

y matar al que me mata

al que no me consuela,

a este fiel escudero

que cuando salto

me atrapa

y cuando caigo

me dilata

en el suelo.

Tres cosas solo quiero,

el amor por un lado,

por otro un hallazgo,

un atajo a mis sueños,

y por último un asesinato,

de este amo al que siervo

de este anónimo ingrato,

de este miedo enamorado

de mis esclavos silencios.

Poema y Microrrelato “Escribir jugando”

Pues hoy os dejo dos excentricidades Poema y Microrrelato para el reto de escritura de julio «Escribir jugando» de el blog de Lídia.

Poema “Salta”

 

Esa no soy yo.

Infiel reflejo de mi desidia,

de mis monstruos que se ocultan bajo la piel

de mis despedidas,

de mis insanas esquinas que ya no ven lo que soy

ni lo que fui.

Deshazte de mí,

de mi sombra,

de la historia que dicta el espejo de un destino

huérfano de primaveras y delirios,

y salta al precipicio.

Hazlo por mí.

Será el mejor sacrificio

que puedan hacer tus zonas erróneas

para que vivir ya no sea sobrevivir,

y que el miedo por fin muera en esa fosa

de monstruos y derrotas.

Hazlo por ti.

 

Microrrelato “Templo de la Luna”

Habíamos quedado en vernos de nuevo en aquel antro donde nos conocimos, el “Templo de la Luna”. “Aquí ni siquiera el reflejo de tu espejo te reconocería si te viera”, me dijiste la última vez. Y debió ser cierto porque a partir de aquella noche una de dos, o cambié tanto que ni mi propio reflejo me encontró o decidiste ignorarme para siempre.

Actitud

Llevo conmigo una luz que me ilumina,
una idea de alma que nunca apaga al otro,
al tú que soy yo mismo cuando estoy solo,
al reflejo impaciente del espejo que me mira.
Llevo un rebelde inoportuno que me grita
que no me pierda, que nunca sea sordo
al sentir vehemente contra todo pronóstico,
que no me esconda, que no me rinda.
Extiendo mis alas, cierro por fin mis heridas,
echo a volar al cielo siempre que no corro
más, más, más arriba, directo, con aplomo,
para tener mayor visión, mayor perspectiva.
Llevo en mi espalda cien mundos y una vida,
y no me paro, sé que mañana podré con todo,
y que todo pasa, la piel, la soledad, el oro,
porque sé que el tiempo ya no me esquiva.