Anónima Navidad

Despierta con una congoja creciente, con taquicardias, sudando copiosamente. Se alza de la cama con la canosa barba aplastada del lado derecho, al igual que su pelo, enmarañado, gris, sucio. Ha vuelto a soñar con ciudades donde las ilusiones se pudren en alfombras tejidas a mano, en donde los adoquines húmedos sólo relucen con las llagas de la impiedad. Siempre el mismo sueño. Siempre la misma marabunta de gente que se agolpa y persigue buscando, tratando de alcanzar durante un instante lo que él trae, oculto, no sabe bien dónde, algo que nada más despertar olvida, como una palabra ajada en la punta de la lengua y que se obstina en no salir.

Y sin embargo, una extraña determinación brilla en sus ojos, como diamantes azules encendidos, durísimos. Un residuo, en el fondo, de la piedra angular de un nuevo mundo. Y él sólo puede ver las luces, las balaustradas multicolores, y el camino empedrado de oro y brillantes. Abrumado por ese pensamiento esquivo, que como una foto móvil se presenta y no cede al chantaje de dejarse tocar, continúa su parsimoniosa costumbre de vivir por vivir. De momento. Porque la esquirla no cede, sigue hundida en su guarida durante el día de igual forma que se manifiesta en todo su esplendor durante la noche.

Prácticamente ya tiene todo el plan concebido. Sólo necesita dar los siguientes pasos, los más significativos que trascienden el momento del pensamiento a la acción, del universo de las hipótesis al de la ejecución. Se sienta en su despacho, delante de su portátil. Tiene una cita, pero no una cita convencional. Lleva meses navegando por la red oscura, la DarKnet donde ha tratado de encontrar a gente que pueda llevar a término su idea. Lo que va a proponer es ilícito y como tal, sólo puede ser llevado a cabo por gente dispuesta y acostumbrada a traspasar a menudo esa línea.

Un lema aparece en la pantalla:

El conocimiento es libre.

Somos Anónimos.

Somos Legión.

No perdonamos.

No olvidamos.

¡Espéranos!

Anonymous no es un grupo de hackers convencional ni organizado. Va a tratar de sembrar en las manos de unos desconocidos la semilla de un plan que tambalee los oscuros sótanos de la codicia humana.

La videoconferencia se realiza a varias bandas. Espera durante unos minutos a que diferentes personas, hasta un máximo de ocho se terminen de conectar desde distintas ubicaciones en el mundo. Todos ellos llevan sus máscaras identificativas de V de Vendetta, la obra de Alan Moore, que sirve de símbolo de insurgencia a este grupo.

Su discurso, elaborado, preciso, emocional, llega como enredadera, raíz que se asienta en los corazones y las conciencias de todos ellos con perfecta sincronía y naturalidad, como si todos ellos hubieran estado esperando ese único momento que enlaza con todo su pasado y les da sentido. Las palabras, escogidas, invencibles, llevan una fuerza que encienden una llama apasionada de ilusión que en seguida cobra vida.

Lejos de permitir que se desboque en una fatua alegría, esboza primero su plan, preciso, contundente, sistemático y entonces deja caer sus instrucciones en cascada, distribuyendo un orden natural en los acontecimientos que todos asumen como inevitables, como partícipes de la sangre que corre por las venas del destino. Van a hacer historia. Y lo saben.

Les ha hecho llegar información precisa de cuentas multimillonarias en diversos paraísos fiscales: Islas Vírgenes, Bermudas, Gibraltar, Islas Caimán y otras muchas. Los datos son descomunales, pero en todos ellos distingue las cuantías más altas, aquellas que provengan de lavado de dinero negro, del narcotráfico, de la trata de blancas, de cualquier actividad ilícita que cualquiera pondría en una lista en los primeros puestos por ser repugnantes o abominables. Y en todos los bancos señalados, incluye una reseña, un punto débil, un acceso vulnerable por el que entrar.

Lleva años preparando este momento, porque previamente ha ido suministrando cierto hardware que se ha instalado en todos esos bancos y que se activarán en el momento preciso, un troyano que permita la entrada de algo mucho más grande y reescriba las propiedades de las cuentas y redistribuya el dinero. Sonríe y piensa que una revolución no es revolución si no va  acompañada del sentido de la justicia.

Anonymous no sólo creará el virus que infecte las cuentas, sino que reclutará a cientos, miles de hackers que actúen durante la misma noche y activen el virus que permita acceder y saquear de forma simultánea esas cuentas millonarias. A partir de ahí se crearán otras tantas cuentas opacas en otros tantos paraísos financieros que sirvan de instrumento a la distribución del dinero.

Múltiples organizaciones dedicadas a la reconstrucción de sus ciudades y sus pueblos por catástrofes naturales como terremotos e inundaciones recibirán donaciones misteriosas al día siguiente. Millones de personas humildes en todo el mundo recibirán a su vez una parte proporcional de ese dinero negro que durante un día sirva para iluminar el mundo como nunca se ha iluminado hasta la fecha.

Todo el mundo será consciente de lo sucedido, pero las organizaciones mafiosas o políticas o ambas cosas de todo el mundo serán incapaces de declarar que les han robado por temor a represalias judiciales sobre el origen de ese dinero. El resto de organizaciones criminales empezarán a mover y hacer florecer ese dinero negro que no haya sido alcanzado aún por temor a sufrir el mismo destino haciendo que todo ello desemboque en una catarsis financiera y humana.

Y todo sucederá en Nochebuena, como símbolo de una buena nueva en todo el mundo. Anonymous denominará el virus como Navidad, en honor a ese día que dará nacimiento a una nueva revolución en la que brille durante un instante la justicia y los ojos de la gente humilde se iluminen con los regalos inesperados de la noche anterior. Nadie olvidará nunca esa noche como una de las más grandes de su vida.

Y él podrá soñar con árboles multicolores, con dulces de todas clases, con alegría desbordada, con las sonrisas y risas aladas de niños y adultos felices, que pueda servir para sembrar una ilusión largamente olvidada, la semilla de una esperanza que renazca y permita pensar en un mundo mejor.

Anuncios

La rebelión de las sombras

Hola a todos, aprovechando estas fechas tan señaladas os comparto mi última aportación en Letras y Poesía, un relato de miedo, homenaje a mis autores predilectos del género como Poe, Lovecraft, Mary Shelley y tantos otros que hicieron de este uno de los grandes géneros de la literatura.

Espero que os guste.

La rebelión de las sombras

Numen

Por primera vez en su vida las palabras se agolparon en su garganta, se corrompieron al chocar en su propia contradicción, en el deseo punzante que le provocaba el abrazo de ella y la necesidad acuciante de huir. Pero su sentido común había huido antes.

─ Espera –le dijo con un tono suplicante.

Y en esa única palabra cabía toda la melancolía de la palabra ausencia, el vacío infinito que deja la pasión insatisfecha, un grito hueco, desesperado e invisible que quedó suspendido en el aire como el humo de un cigarro que dibuja un signo de interrogación.

Los ojos de ella se abrieron un poco, lo suficiente para marcar en sus labios el comienzo de una leve sonrisa llena de sarcasmo. Pero como concediendo el último deseo a un condenado entornó la mirada y se giró hacia el sillón.

Comenzó a desvestirse con marcada parsimonia, de espaldas a él, y se acomodó de forma obscena con una sonrisa burlona en sus labios. Él se giró, frenético, buscando el lienzo que descansaba en blanco en un rincón. Su mano temblorosa se calmó al coger el pincel, y comenzó a pintar en un estado casi místico, poseído por una fuerza interna que trataba de plasmar en apenas un instante la mezcla de sentimientos que le provocaba ella. Los trazos firmes que delineaban la curva de su cuerpo se fundían a continuación con los colores más intensos de su paleta cromática. El tiempo pareció detenerse, como otras veces en las que la mirada de él se quebraba en los pliegues de la piel de ella, buscando la combinación ideal de luces, colores y sombras que pudiera dejar indefectiblemente unida a la realidad del lienzo aquel mágico destello de perfección absoluta.

Justo un segundo antes de terminar supo que aquel sería el último cuadro que merecería la pena haber pintado en su vida. Giró la mirada a tiempo de verla un vez más. Calíope cerró la puerta de golpe al salir.

El súper

 

Voy en el coche camino a casa. Marco el teléfono de mi mujer con el “manos libres”. Una, dos, me contesta a la tercera:

-Hola cariño, ¿ya has salido?

-Sí, ya voy. Oye, ¿hay que comprar algo en el súper? Ya sabes que me pilla de paso. Por si quieres que pare a comprar algo para la cena.

-Compra algo de pan, jamón, tomate… algo así, no te compliques. Por cierto ¿te has enterado del atentado que ha habido en París?

-No, no sabía nada. ¿Qué ha pasado? Parece ser que un yihadista se ha parado en los Campos Elíseos, ha sacado un arma y ha matado a un policía al menos. Luego lo han abatido, pero parece ser que la Policía está buscando cómplices.

-Bufff, ¡madre mía! ¡Y el domingo son las elecciones en Francia!

-Ya ves. Esos quieren influir en las elecciones. Bueno, cielo, te espero en casa entonces.

-Vale. Venga, pues un beso, enseguida voy.

Cuelgo mientras voy llegando al parking del súper. Lo dejo en la superficie. Es amplio y a esta hora de la tarde no hay mucho ajetreo. La gente con familia suele ir a comprar los fines de semana, pero nosotros aún no tenemos hijos así que puedo ir a cualquier hora en la que los demás estarán preparando cenas, poniendo lavadoras y demás tareas domésticas que irremediablemente deben hacer unos buenos padres de familia.

Tomo un par de bolsas del maletero de mi coche. Son reciclables. Hay que estar en toda clase de detalles para cuidar el planeta. Mi mujer dice que soy un ecologista extremo. Tengo en casa un cubo para cada tipo de basura perfectamente ordenado y con un color diferente.

Dentro no hay mucha gente. Una pareja joven, varias mujeres solas, dos moros y algún que otro hombre que, como yo, se para a comprar algunas cosas antes de llegar a casa. He tomado un pequeño cesto con ruedas, en la cual he introducido mis bolsas. Me paro en las frutas y verduras. Elijo tomates ecológicos. Llevo una temporada que cuido también esos detalles. Un poco de jamón ibérico, del bueno, yogures bio, una caja de cereales, una barra de pan y un vino de Rioja, un buen crianza que riegue el estómago y nos deje un inmejorable sabor de boca.

Me acerco a la caja mientras coloco todos los productos. Voy detrás de la pareja que ha llegado antes a la caja. Detrás de mí se colocan los moros. Putos muros. Están mirando el jamón y el vino que he dejado sobre la cinta transportadora con ojos acusadores. Que estoy en mi país, ¡coño! No sabéis lo que os perdéis.

La cajera ha cobrado junto con los artículos de la pareja que tenía delante la caja de cereales de mi compra.

-Disculpa, eso no es nuestro -le indica el hombre.

-Por favor, coloquen una barra separadora entre las compras -nos dice la cajera al resto, sabiendo que se dirige a mí.

¡Puta sudaca! Encima se atreve a hacerme un reproche. Si había dejado distancia suficiente para distinguir una compra de la otra. Es que no se enteran. Parecen retrasados.

Ya es mi turno y va pasando los artículos uno a uno. Tengo una bolsa dentro de la otra y la saco, pero una de ellas se me cae. Uno de los moros me la recoge del suelo. Por un momento he pensado que me la quería quitar. Me la tiende. La agarro en silencio y meto el resto de artículos. Pago y digo buenas tardes. Ninguno dice nada. ¡Putos moros y puta sudaca! ¡No tienen ninguna educación!

Meto las bolsas en el maletero del coche y me coloco en el sitio del conductor. Arranco, pero me entretengo un instante a mirar el móvil, por si mi mujer ha dejado algún whataspp con alguna cosa pendiente por comprar. No hay mensajes. Por la ventanilla del coche veo pasar a los dos moros. No me había fijado lo suficiente, pero no son jóvenes. Ambos deben rondar los cincuenta años. Puede que menos. No sé por qué pero no puedo evitar pensar en los atentados de París y elucubro que estos podrían ser yihadistas. Me entra miedo. Es un miedo irracional, ya lo sé, pero hace que salga con prisa del parking. De hecho no he querido ni mirarles al pasar a su lado.

Llego a casa con la compra. Le doy un beso escueto en los labios mientras me dedico a colocar la compra. Mi mujer ha puesto el telediario. Están hablando del atentado.

“Un policía ha resultado muerto y otros dos han resultado gravemente heridos en un atentado que ha tenido lugar hoy a las siete de la tarde, hora local en los Campos Elíseos de París. El atentado ha sido reivindicado por Estado Islámico. Otros dos policías abatieron a tiros al individuo que quedó muerto en la acera de la emblemática avenida. Una turista, que se encontraba en el lugar de los hechos, ha sido herida también con carácter leve y se encuentra aún hospitalizada. El presidente de Francia, François Hollande, ha confirmado el carácter terrorista del ataque minutos antes de conocerse la autoría del grupo terrorista a través de la agencia Amaq, cercana a los extremistas.”

-Estos, lo que quieren es influir en las elecciones del domingo -dice mi mujer.

-Seguramente lo que quieren es que la gente vote a Marine Le Pen, de la extrema derecha, así podrían seguir justificando sus ataques.

-Pues yo no sé cómo alguien con dos dedos de frente podría votar a la extrema derecha. Son xenófobos hasta la médula y contradicen claramente el espíritu de Francia: Libertad, Igualdad y Fraternidad. Además este año tienen varios candidatos.

-La verdad, yo tampoco lo entiendo, ni entendería que pudiera pasar algo así aquí.

Digo estas últimas palabras mientras coloco el tomate cortado en rodajas sobre el pan recién cortado y el jamón tan bueno encima y sirvo dos copas de vino. No hay nada como un buen vino para hacer pasar el mal trago de las imágenes que acabamos de ver del atentado en París.

Estación de dudas y presagios IV (y último)

-Ya vuelve en sí. Esperemos que no se haya hecho nada grave.

Oigo voces. Es como si viniera de muy lejos y no consigo aún tener claro dónde estoy y qué ha pasado.

-No la mueva. En estos casos es mejor no moverla. No se vaya a haber hecho daño en la espalda o en la cabeza.

Abro los ojos poco a poco. Sólo veo gente alrededor. Estoy en la librería. Entre los estantes y rodeada de una maraña de libros que descansan a mi alrededor en el suelo.

-Arriba querida -oigo la voz tan grave de Cezil-. Es hora de ponerse en marcha.

Me ayudan a incorporarme, sentándome primero y comprobando lentamente que no tengo nada roto. Veo la escalera de mano volcada a mi lado pero no recuerdo haberme subido a ella y mucho menos haberme caído. De hecho sólo puedo recordar la voz de Cezil, y luego los ojos de Gaby de azul cielo y su beso mágico como un destello infinito. Miro a mi alrededor pero no están.

-¿Han visto a un señor mayor y a su hijo?

-No hija -me responde doña Puri, una clienta habitual del barrio-. ¿Estás bien? En la tienda solo había unos pocos clientes y cuando hemos oído el golpe hemos acudido en seguida y ahí estabas, tendida en el suelo todo lo larga que eres. ¿Quieres que llamemos a emergencias para que te lleven a hacerte pruebas? Porque una prima mía hace años se dio un golpe cuando estaba en la cocina de su casa y…

-Descuide señora Puri -la corto, porque la conozco y como la deje hablar puede contarme la vida y milagros de su prima y cómo la tuvieron que cortar alguna extremidad para evitar males mayores o alguna otra historia truculenta que no me apetece oír en estos momentos-. Estoy bien.

Me siento extraña. En cuanto sale todo el mundo cierro la librería y salgo rápidamente. Es media mañana. El bullicio de los coches y el ajetreo de la gente que camina por la calle en su quehacer diario me absorben. Mi primer pensamiento es ir a la dirección del piso de Cezil. No tardo mucho en llegar. Me paro delante del portal y me doy cuenta de que no hay rastro ni indicación alguna del ático del día anterior. Sólo hay un telefonillo corriente con cuatro plantas y dos puertas “A” y “B” por planta. Nada de ático por ningún lado. Aún así llamo a las últimas plantas pero en un lateral de una indica “Notaría Hernangómez” y en la otra “B&B Abogados”. Así que mi gozo en un pozo.

Otro pensamiento me asalta, como un disparo de hielo en el centro de mi cerebro y salgo disparada hacia el parque. Voy sorteando a la gente, deseando llegar. Me voy acercando a mi destino, pero desde lejos ya veo que Cezil no está. Aún así me voy acercando y de nuevo, tal y como recuerdo en otras ocasiones parece que un rayo de luz ilumina de nuevo el banco. Y aunque está vacío, un libro reposa en él, “Wilt” de Tom Sharpe. No sé por qué, pero no me extraña en absoluto y me hace sonreír una vez más sólo de imaginarme de nuevo a un señor mayor leyéndolo y riendo.

Uno de los separadores de mi librería está dentro, justo al comienzo, donde hay una sola frase: Por lo que nos queda por vivir. Y justo debajo, donde debería haber una firma sólo hay un número cuatro.

 

Estación de dudas y presagios III

Mi cabeza era un torbellino de ideas. Apenas tuve tiempo de analizar las enigmáticas palabras de Gaby. Sólo podía pensar en qué me pondría aquella noche. Quería ir deslumbrante pero no demasiado para una cena que presuponía como informal. Estaba hecha un lío de forma que opté por ponerme un vestido negro, que el negro vale para todo, con una chaqueta de hilo y un chaquetón por encima, para evitar el frío al salir.

Gaby me había remitido aquella tarde la dirección y la hora a la que me esperaban. No estaba muy lejos y ni siquiera tuve que tomar un taxi. Bastó un pequeño paseo de diez minutos para plantarme delante de un portal de un precioso edificio de principios del siglo XX en la calle Montalbán. Llamé, me abrieron y subí hasta el ático. Era espacioso, y mucho más moderno de lo que hubiera imaginado, con un salón abierto y una gran biblioteca en forma de “L” que me dejó pasmada.

-No sé por qué pero me imaginaba algo así- le dije a Gaby, que me devolvió una amplia y perfecta sonrisa.

Numerosos cuadros modernos y esculturas adornaban las paredes y estanterías del salón, como fetiches acumulados a lo largo de los años pero magistralmente dispuestos de forma natural, como si la distribución de los mismos no fuera en absoluto casual, sino fruto de una trascendente escena de decoración previamente calculada, de casa típica que sale en las revistas.

Cezil apareció por un pasillo que comunicaba el resto de la casa con el salón. Era de suponer que la cocina andaría por allí, porque apareció con una botella de vino blanco recién abierta.

-Bienvenida Olga. Gaby, por favor, saca unas copas del aparador que vamos a brindar por este momento.

El salón tenía una zona amplia con grandes sofás dispuestos alrededor de una mesa baja ricamente adornada y llena de aperitivos de diseño. Aún estábamos de pie y reconozco que aún estaba expectante ante esas dos personas que me parecían tan interesantes. Cezil se apresuró a llenar las copas y hacernos entrega de una a cada uno.

-Por los que partieron, por los que quedaron, por los que vivieron, por los que llegaron, por los que sintieron, y por lo que nos queda por vivir. Y que Dios reparta esperanza, amor y certeza a quien lo merezca, y a quien no, que lo deje ir.

A partir de ahí la velada derivó de nuevo en una conversación creciente entre los tres alrededor de diversos temas, que íbamos entrelazando sin tregua, entre vinos, risas y manjares.

-Me cuesta tanto llegar a creer los acontecimientos reales, que me da la sensación de que la historia ha entrado en un bucle interminable de sucesos intercambiables. Si tomamos al azar cualquier hecho sería posible comprobar que ya ha sucedido antes, con otros actores, con otras víctimas, con otros héroes. Hace tiempo que no me interesa llegar a conclusiones sobre ello, simplemente divago sobre la parte imaginativa, creativa del ser humano como lo única parte que merece la pena salvar.

-No estoy de acuerdo con tu razonamiento, padre. La tecnología ha conseguido llevar a la humanidad a unos niveles nunca alcanzados en los últimos milenios. En cien años la calidad de vida y el acceso al conocimiento se ha universalizado. Hay mucha más gente que vive mejor y eso no solo se debe a la parte creativa como tú dices, sino a la parte absolutamente racional del ser humano que debe guiar los pasos para no terminar desbocándose.

-El análisis intelectual solo sirve para hacernos una idea precisa de los hechos. Pero los hechos por sí mismos no bastan. Necesitan corazón. Necesitan los sentimientos que forman y conforman el contexto en el que se producen. ¿Tú qué opinas Olga?

-Creo que ambos tenéis razón. Ambas cosas son necesarias. No solo el corazón, o la parte imaginativa y creativa del ser humano nos conforman. Nuestra parte racional es el esqueleto, la estructura sobre la que se ordenan nuestros pensamientos, y sin ese orden seríamos únicamente un animal más en la naturaleza.

-No basta la razón ni el corazón para diferenciar al ser humano del animal, querida Olga. La diferencia más grande en la historia de la humanidad la ha suministrado el lenguaje. Es lo que ha servido para asentar ambas cosas, el conocimiento, el intercambio de ideas, los sentimientos y emociones. El lenguaje, la lengua, la comunicación en suma llevada hasta unos niveles inimaginables hace cinco mil años han desembocado en este momento. Solo queda por saber si ha sido para bien o para mal, porque si analizamos la historia solo veo el alzamiento y la caída de diferentes civilizaciones y todas creyeron en cada época que eran el culmen de lo anterior, que no podría venir nada mejor. Y sin embargo todo se desintegra, la belleza y la creación es absolutamente efímera, y te puedo asegurar que sé de lo que hablo.

-Y eso es lo que le da un valor aún más grande, padre. ¿Por qué disfrutamos de una estatua partida, de la visión de un palacio decadente, de un Partenón en ruinas, o de un libro de Aristóteles? Porque de alguna forma nos recuerda de dónde venimos.

-Pero no a dónde vamos. Ni siquiera de si habrá un mañana sobre el que merezca la pena vivir. Solo la belleza eventual de un instante parece oponerse a la decadente secuencia de lo que ha de llegar. Pero debo reconocer que me siguen seduciendo esos momentos, esos libros, una mirada, una palabra, o incluso esta conversación. Sólo existe el ahora. Lo demás no deja de ser una quimera, pero una quimera aún llena de infinitas posibilidades. Y tú, Olga, dime, ¿cómo convencerías a Dios de que no pierda la esperanza en el ser humano?

-Desde luego que si vemos lo que estamos haciendo con el planeta y los conflictos que sigue habiendo después de miles de años no parece que hayamos avanzado ni cambiado mucho. Pero luego ves cómo hay gente que sigue luchando día a día por ayudar a los demás, por compartir su propia felicidad y hacer felices al resto y yo sí que recupero de nuevo el sentido de la vida. Quizás sea ridículo pensarlo, o es que yo necesito muy poco para creer que aún quedan razones. Pero veo que sigue habiendo muchas cosas por las que merece la pena seguir apostando por nosotros.

El resto de la noche transcurre entre razonamientos filosóficos, risas y copas de cristal. Menos mal que no necesito ir en coche a ningún lado. Gaby se ofrece a acompañarme a mi casa, “para despejar la mente un poco”, según dice. En lugar de volver por donde he venido, callejeo un poco, tratando de alargar mi paseo con él.

Llegamos a mi portal. Me detengo un momento y bajo la mirada para buscar las llaves en mi pequeño bolso de mano. Él se acerca y cuando levanto de nuevo los ojos ya tengo lo suyos tan cerca que mi corazón se acelera y ya no puedo dejar de mirar sus labios carnosos. Me besa dulcemente. Un beso lleno de ternura, delicioso. Pero apenas me ha rozado levemente. Me mira despacio, se despide con un “buenas noches” que no admite réplica, se da la vuelta y se va caminando.

 

Continuará…

Estación de dudas y presagios II

El siguiente día amaneció tan radiante o más que el anterior. Ni esperé que sonara el despertador para levantarme de un salto. Una energía interior tiraba de mí de una forma escandalosa. Mi cuerpo me pedía no sólo ir a correr, sino llegar de nuevo hasta aquel banco del parque y ver si de nuevo estaría aquel extraño anciano. En realidad ya no tan extraño si tenemos en cuenta que ya sabía al menos su nombre: Cezil.

Comencé a trotar con inusitadas ganas, tratando de completar mi recorrido lo antes posible y llegar hasta el banco y comprobar si de nuevo aquel hombre haría acto de presencia. Fui notando cómo mi ansiedad crecía progresivamente, y eso que unos cientos de metros antes reduje el ritmo, y fui acercándome poco a poco, andando ya. Pero no estaba. El banco era una ausencia triste y gris y no había rastro ni del extraño ni de nadie en todo el paseo hasta donde abarcaba mi vista.

Me puse a estirar mis piernas en otro banco situado como a unos cien pasos del otro. Primero una pierna, luego la otra. Unas diez repeticiones. Unos dos minutos. Y cuando levanté la vista, allí estaba él de nuevo. Sentado en el banco y con esos rayos de sol que le iluminaban y que se abrían de nuevo paso a través de los árboles como pidiendo audiencia. Me acerqué apresuradamente. De nuevo alzó su mirada y sonrió.

-Ven querida, te estaba esperando.

-Hola Cezil, un placer verle de nuevo.

Esta vez llevaba otro famoso libro entre sus manos. Sólo con la ilustración lo reconocí en seguida: “La conjura de los necios” de John Kennedy Toole. Estaba acostumbrada a venderlo de forma recurrente y se seguían generando ediciones desde su primer año de publicación, allá por los años ochenta. No sabría decir qué extraño mecanismo de pensamiento me llevaría a relacionar a aquella persona entrañable con un libro de una comicidad hilarante como era aquel. No sé por qué me pareció de lo más natural, como si verle leer comedia ya se estuviera conformando en mi cerebro como una imagen formal de aquel hombre extraordinario, con una cultura y unos modales tan fuera de lo común hoy en día. Me senté a su lado una vez más.

-¿Has oído, querida, que los pájaros susurran a los árboles tiernas palabras para que participen en su juegos amorosos? Tratan de hacerles partícipes de su amor cuando están en plena vorágine de búsqueda de pareja, como si pudieran conceder el don de preparar el terreno adecuado, el espacio perfecto entre las ramas que pudiera cobijar un instante de perfecta sincronía.

-Bueno, un buen escenario siempre ayuda al éxito. Y supongo que los pájaros, como los humanos, desean tener éxito con todos los factores a su favor.

-¡Así es! Cómo la naturaleza se pliega a los deseos del que sabe pedir, se rinde, cede de forma sumisa, movida por una dulce canción, o por la búsqueda de su propia finalidad.

Y de nuevo aquella sensación tan placentera, de paz solemne, como de catedral, como de templo inmenso, se instaló entre nosotros. Mis palabras y pensamientos sencillos se fundían con los suyos que eran de una pureza absoluta, como poesía líquida que se funde con los intersticios de la realidad y le dan una consistencia de presencia exacta, como una secuencia de fotos absolutamente nítidas de las que eres consciente en vivo y en directo.

El momento se quedó suspendido en el aire, como una nota preciosa de violín o piano que sigue sonando durante un intervalo de tiempo que parece infinito y sólo quedó roto cuando habló de nuevo:

-¡Ya vienen a buscarme, querida! Voy a tener que dejarte.

Levanté la mirada y vi a unos cien pasos acercarse a un hombre joven. A esa distancia sólo se adivinaba una figura perfecta, un andar felino, de hombre acostumbrado a hacer deporte. Parecía un surfista perdido en medio de una urbe. Y mi corazón empezó a latir apresuradamente. Era muy guapo. Conforme se acercaba le iba haciendo una radiografía completa y detallada. Barba de tres días, pelo castaño, tirando a rubio, no excesivamente corto y un poco despeinado, pero con ese estilo de quien se despeina de manera intencionada para estar más atractivo. Gafas oscuras y un pequeño pendiente en su oreja izquierda. Llevaba una camiseta azul celeste que le marcaba los pectorales, una chaqueta gris de punto abierta, informal, y unos vaqueros rotos o descosidos en algunas partes que remataba con unas zapatillas de deporte de marca.

Parecía que levitaba mientras se acercaba, y mi corazón latía al mismo compás. Llegó hasta nosotros sonriendo abiertamente y me miró con cierto descaro. Yo creo que notó cómo me sonrojaba porque abrió aún más su sonrisa mientras se quitaba las gafas.

-Hola Gaby, permíteme que te presente a Olga. Olga, este es uno de mis hijos, Gabriel, que está pasando unos días conmigo.

Sus ojos se abrieron para saludarme y pude fijarme perfectamente cómo el limbo oscuro, casi negro de sus ojos resaltaba el azul claro de sus iris.

-Un placer, Olga -dijo mi nombre, como alargando levemente la o, como si la estuviera saboreando por primera vez en su boca. Y me dio un solo beso en la mejilla izquierda, con una familiaridad con la que no contaba.

-Lo mismo digo -dije yo, tratando de sobreponerme por un instante a las sensaciones intensas que el tono grave de su voz me produjeron de forma tan imprevista y mucho más al roce de sus labios en mi piel.

-Veo que has conocido a mi padre. Espero que te haya dejado hablar, porque como empiece a contarte alguna de sus batallas es posible que cuando quieras darte cuenta hayan pasado horas.

Cezil rió con ganas el comentario. Se levantó con parsimonia, y le dio un abrazo corto pero intenso.

-Debo irme, querida, pero si quieres acompañarnos hasta la salida del parque será un placer gozar un poco más de tu compañía.

Les acompañé hasta la salida. Apenas fueron menos de diez minutos y fuimos hablando los tres con extraña familiaridad, de cosas diversas, ligeras, profundas, de todo y de nada en particular. Cezil tenía la capacidad de vincular un pensamiento profundo, incluso poético a la caída de una hoja para a continuación hacer una observación jocosa sobre el cortejo de las ardillas. Gaby no se quedaba atrás y le seguía el juego con absoluta destreza como si de un juego de palabras se tratara y yo trataba de seguir la estela de estos dos maestros de la ironía.

Llegamos a la salida y nos separamos, pero a los escasos segundos Gaby le dijo algo a Cezil y vino trotando hasta mí.

-Olga, espera un segundo. Oye, me encantaría que vinieras a cenar hoy a casa. Mi padre está encantado contigo y hacía tiempo que no le veía charlar y reír de esa forma con nadie. Le has insuflado una vida que hacía mucho que no le veía.

-La verdad es que ha sido un placer conocerlo, bueno, conoceros -dije entornando un poco la mirada-. Pero dime una cosa por favor, que estoy intrigada. ¿Quién es tu padre?

-Jajaja, ¿qué pregunta más curiosa? Seguro que ya lo intuyes. Mi padre es muy juguetón. Siempre ha sido así. Sólo te daré una pista si prometes venir esta noche. -Me dijo esa última frase sosteniendo un pequeño papel que parecía contener su número de teléfono-.

-Acepto. Así que venga esa pista.

-Código César. La clave está en el cuatro.

Me dijo esas palabras, se dio media vuelta y volvió hasta su padre. Solo giró levemente la cabeza para sonreírme de nuevo pícaramente mientras se ponía las gafas de sol.

 

Continuará…

Estación de dudas y presagios I

Aquel día amaneció resplandeciente. El cielo, de un azul intenso, brillaba por primera vez en días. Había lloviznado por la noche y aún centelleaban las calles de ese resplandor húmedo que dejan las diminutas gotas de agua. Podía ver desde mi ventana los grandes árboles del parque cercano agitarse levemente, a modo de saludo, invitándome a ir a correr. El invierno parecía dejar sitio a la primavera, y mis piernas lo agradecerían, porque ya estaba cansada de hacer footing en la cinta del gimnasio. No lo dudé, me puse mis mallas y salí a trotar de nuevo por el Retiro.

El suelo de tierra aún conservaba ese olor a humedad, así que me alejé del asfalto para ir por las veredas y sendas apropiadas para los corredores que, como yo, nos animamos a salir y disfrutar de este pedazo de naturaleza en medio de una gran ciudad como Madrid. Siempre suelo hacer el mismo recorrido y a la misma hora. El horario de comercio me permite entrar a las diez de la mañana, de tal forma que disfruto de este tipo de libertades como hacer ejercicio antes de entrar en la vorágine diaria. Trabajar en una librería cercana me proporciona una calidad de vida envidiable.

Con los auriculares puestos y mi iPhone sujeto a mi brazo puedo escuchar mi música preferida con Spotify mientras hago deporte. Me gusta estirar antes y después de practicar ejercicio para evitar lesiones tontas, de tal manera que utilizo esos momentos para seleccionar la música que voy a escuchar durante mis vueltas. Pero aquel día no sería un día cualquiera.

Estaba concluyendo mi recorrido. Bajé primero el ritmo, para terminar andando justo lo suficiente y proceder a estirar. Justo en ese momento se levantó un poco de aire, un viento que hizo volar el separador del libro que estaba leyendo un anciano, o eso me pareció, en un banco cercano. El sol se abría camino a través del follaje intenso de los tupidos árboles de esa zona e iluminaba con un ancho rayo de luz el sitio preciso que ocupaban el banco y el anciano. El separador vino volando hasta mis pies. Y curiosamente tenía el nombre de mi librería impreso por ambos lados. Uno de tantos ejemplares que regalamos cada vez que un cliente adquiere un libro en nuestro comercio.

Lo recogí del suelo, alcé la vista y contemplé al anciano en esa escena tan radiante. Por primera vez lo vi de verdad, desde la distancia de unos treinta metros aproximados que nos separaban. Su sonrisa le hizo rejuvenecer y conforme me acercaba para devolverle su separador me parecía que sus ojos cambiaban de color. Cerró el libro con parsimonia y me miró con un gesto que interpreté como ¿jocoso? No sé, me pareció algo juguetón, como si el viento hubiera soplado a su favor y estuviera esperando precisamente ese momento de incertidumbre para que jugara para él.

-Se le ha caído esto. Tenga.

Sus ojos, de un azul intenso, parecían dos cuencas profundas de misterio. Brillaban, con muchos destellos. Era como mirar un cielo nocturno plagado de estrellas. Me quedé absorta durante un instante. Instante que aprovechó para tomar entre sus manos el separador, y, sin dejar de sonreír, decirme:

-Pasa, llega hasta este punto en el que la vida debe ser mirada con otros ojos, saciada, exprimida en su jugo, en su herida.

-¿Perdón? No le he entendido bien. Es decir, sí he entendido todas las palabras, pero no el sentido de lo que quiere decirme.

-Es algo que leí en un libro. Siempre debemos tener cuidado con los libros. Las palabras contienen el extraño poder de cambiarnos. Y tú pasas mucho tiempo rodeada de libros.

¿Sería posible que este hombre hubiera comprado en nuestra tienda, que conociera que yo trabajo en una librería? Desde luego el separador era de allí, pero no recordaba haberle atendido nunca. Sí que sería posible que alguien que mirara el escaparate me viera dentro, por lo cual decidí seguirle el juego. Por una razón desconocida el extraño transmitía una calma contagiosa, una familiaridad cercana a la confianza ciega, esa confianza que sólo se logra con años. Y sin embargo, allí estaba la sensación, flotando entre nosotros como si fuéramos dos amigos que hace mucho tiempo no se ven y que retoman una conversación pendiente.

—¿Nos…? -titubeé —¿Nos conocemos?

—Yo aún trato de conocerme todos los días. Aún no lo he logrado, porque siempre analizo el que fui y cuando llego al que soy, ése ya ha cambiado de nuevo para mi desesperación.

—Me llamo Olga.

—Mi nombre es Cezil, aunque me han llamado cosas peores.

La cadencia, el tono de su voz, grave y sin embargo cálida, como una taza de café caliente en invierno, me recorría. No tenía frío, a pesar de que en esas circunstancias, nunca me paro más de lo necesario para, precisamente, no quedarme fría después de correr. Cada frase que pronunciaba parecía incluir un enigma, una sorpresa, un misterio. Sus palabras, como estigmas lanzaban constantemente mensajes que se convertían en reliquias, tesoros preciosos que alcanzan a un corazón y que pueden cambiar su vida.

Estuvimos un buen rato hablando. No sabría decir cuánto porque para mi sorpresa cuando le dije que tenía que irme para no llegar tarde al trabajo apenas habían pasado cinco minutos desde que me detuve. Pensé que mi reloj de pulsera se habría parado y tuve que mirar mi móvil para cerciorarme de que la hora que marcaba era correcta.

Volví trotando a casa, a tiempo de darme una ducha y llegar al trabajo con suficiente antelación. No podía apartar de mi mente al extraño anciano que había conocido y me fue muy complicado concentrarme a lo largo del día. Sí que hice una cosa que tenía curiosidad por hacer: buscar el libro que el anciano leía cuando llegué, que no era otro que “La tournee de Dios” de Enrique Jardiel Poncela. Hacía muchos años que no leía dicho libro. Lo busqué en la librería con ahínco, entre los clásicos, hasta dar con él. Estaba en la sección de humor, como no podía ser de otra manera. Tuve que hojearlo de nuevo para recuperar la sensación de aquel libro. Y pensando en mi propia experiencia  con el extraño una sonrisa se dibujó en mi rostro y dije en alto:

-¡No! ¡No puede ser!

Menos mal que estaba sola en ese momento o cualquiera que hubiera estado por allí me habría tachado de loca, como poco.

 

Continuará…

Transfiguración

Día 1

Mi mujer ha hecho las maletas y se ha largado. A sus habituales murmullos acompañados de aspavientos les añadió un gesto de determinación, marcado con un par de arrugas en su pequeña nariz respingona y un pequeño tic en su ojo derecho. Si bien es cierto que no osaré declarar defensa alguna que pueda servir para obviar el hecho de que esta vez creo que la razón está de su parte. Ella diría que siempre está de su parte, como no puede ser de otra manera en un matrimonio con tantos años de mutua compañía e incomprensión. Aún así debo declarar que espero que no sea algo definitivo.

La causa de su partida no puede sorprenderme lo más mínimo, porque es el extraño olor a azufre que asola toda la casa desde hace días. Me achaca no hacer nada para remediarlo y ha decidido irse a casa de su madre mientras encuentro una solución definitiva. No dudéis ni por un momento que he tomado ciertas iniciativas durante estos días: he comprobado desagües y cañerías, utilizado nuevos productos de limpieza, revisado la nevera, e incluso me atreví a mover algunos electrodomésticos, esperanzado de encontrar algún bicho o comida en mal estado que por accidente hubiera ido a descansar en algún sitio inesperado o poco habitual. Sin éxito.

Lo malo es que poco a poco me fui dando cuenta de que el origen del olor era mi propio cuerpo. Lo que al principio achaqué a una sudoración excesiva luego determiné que tenía difícil forma de solucionar. Incluso con los mejores productos de aseo personal del mercado era incapaz de enmascarar un olor tan marcado. No es de extrañar por tanto que mi mujer renunciara a compartir espacio común conmigo hasta que recupere al menos un olor soportable.

Día 2

Después de su partida he podido confirmar que la cosa empeora. Esta mañana, cuando me he levantado de la cama he podido comprobar que he dejado marcadas las sábanas de un color oscuro, como si se hubieran chamuscado a fuego lento. Incluso en algunas partes parecían desprender cierto humo. Me he apresurado a tirarlas a la basura directamente. Si mi mujer las ve en ese estado el que se va a la basura soy yo.

Se me han caído varios dientes y no sólo eso, en su lugar me están creciendo, a pasos agigantados, unos dientes de un blanco cegador, acompañados de unos colmillos más pronunciados de lo habitual. Por un momento pensé que, para variar, algo bueno me estaba sucediendo, y ahora iría adquiriendo como por arte de magia la dentadura perfecta de algún presentador de televisión,  pero cuando me vi en un espejo comprobé que no, que no iba a ser el caso. Que más bien iba pareciendo un vampiro de película de serie B, de esas de bajo presupuesto. Por si acaso, me agarré uno de ellos y traté de moverlos, para comprobar fehacientemente de que eran reales y no producto de una imaginación alterada por el olor. De nuevo sin mucho éxito.

Y lo peor del día estaba por llegar, porque poco a poco fui constatando que se me caía el pelo. Yo ya contaba de motu proprio de unas marcadas entradas de serie a ambos lados de mi cabeza, pero no por ello puedo decir que no contara aún con abundante pelo en el resto. Cada vez que me pasaba la mano un mechón de pelo descansaba entre mis dedos. Iba dejando rastro en el suelo y antes de la hora de comer ya me había quedado completamente calvo. Así que no me quedó otra que barrer los restos y con mucho dolor de mi corazón decir adiós a mi pelo junto a las amortajadas sábanas chamuscadas.

Empecé a notar más síntomas durante el día pero decidí no prestarles mucha atención y tratar de relajarme refugiándome en la lectura de algún libro o viendo alguna película de esas que tenía pendiente. Comí frugalmente esperando acontecimientos, porque a esas alturas ya intuía que lo que vendría no podría mejorar mucho mi estado. Y me acosté, eso sí, dejando un pequeño extintor cerca y cubriendo de láminas de papel de aluminio el juego de sábanas con el que he hecho la cama esta mañana.

Día 3

He dormido fatal. El sonido del papel de aluminio al doblarse y romperse y mi creciente estado de ansiedad han hecho el resto. Menos mal que al menos no he tenido que utilizar el extintor. He hecho un burruño con todo el papel de aluminio y ha sido en ese instante cuando me he dado cuenta de que mis uñas han crecido, que son más blancas y puntiagudas. Parece que me lo hubiera hecho alguna esteticien.

Me he encaminado a la ducha a ver si me despejaba un poco y la sorpresa mayúscula me la he llevado cuando por el desagüe de la ducha he empezado a ver cierto plumón negro. Todo ello, unido a un creciente escozor en la espalda ha hecho que al salir de la ducha buscara rápidamente un pequeño espejo que reposa en la repisa del lavabo y me la mirara. No se puede dar crédito a los ojos cuando estos contradicen la lógica, pero yo ya estaba en esos momentos curado de espanto. Dos pequeñas protuberancias cubiertas de plumón negro emergían incipientes de mis omóplatos. Ni corto ni perezoso dejé el espejo, me vestí y me dispuse de nuevo a realizar las tareas cotidianas de náufrago casero.

Trataba de esta forma de alejar de mi mente todo lo que me estaba sucediendo, pero poco a poco la camiseta que llevaba puesta me avisaba a su manera de que se estaba quedando pequeña. Me la tuve que quitar rasgándola con unas tijeras, porque a esas alturas ya era imposible no hacerlo sin llevarme por delante alguna parte extraña de mi nueva anatomía. Crecientes músculos empezaban a definirse con más claridad en mis brazos y en mi torso desnudo y un peso creciente se empezó a manifestar en mi espalda.

Al cabo de un par de horas ya podía notar las alas negras plegadas a mi espalda. Hice ademán de abrirlas, como quien abre sus brazos y sus manos por primera vez pero no conté con la envergadura tan grande de las mismas. Me llevé por delante toda clase de floreros, marcos de fotos y lámparas, pero las desplegué a lo largo del salón, que a ciencia cierta tampoco es que sea muy grande. Por primera vez en varios días una sonrisa se me dibujó en el rostro, para luego mostrar abiertamente mi recién estrenada dentadura.

Orgulloso de mi nuevo musculoso cuerpo, con mi sonrisa y mis alas negras me asomé al balcón de mi casa. De un buen número de balcones asomaban numerosos hermanos. Un sonido grave y muy largo, como de trompetas, se empezó a escuchar en el cielo. Echamos a volar casi al unísono, seguros de nuestro destino. Y yo pensando: “Si mi mujer pudiera verme ahora mismo…”