Noviembre

Qué difícil es cerrar los ojos

y no verte,

mascar la vida en síntesis,

y sentir la herida,

la máscara de una sonrisa,

que disfrace el dolor,

y perderte,

y perderme en un hosco,

ciego rastro de prisas

y silencios.

Mientras Madrid duerme,

la lluvia limpia

los recuerdos agridulces,

las huellas dentelladas

y calientes

que dejaron mella

en este sueño líquido,

en esta esquirla,

en esta brecha,

en este frío refugio

carente

de tu esencia,

del sueño de una vida

que nunca se produjo,

de la nada inversa,

del influjo moribundo

de una muerte

anunciada y ciega.

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El cuervo sin ojos

Revélame los secretos de tus pájaros muertos,

de los miedos que no tienen nombre,

de tu latente piedra que despliega susurros,

de tus plumas rotas en pleno vuelo.

Sé que soñaste penumbras de ríos rojos,

de realidades ardiendo, oscuras,

que convirtieron el otoño en infierno

que enterraron tus huesos en sombras.

Desvélame con una canción de cuna,

de esas que tus cuervos lloran

en noches sin luna y sin anhelos

estrellándose en tus raíces ansiosas.

Rómpete en aire,

rómpete el cuello,

que escucharé tus huesos al quebrarse,

que  sorberé el tuétano de tus huesos.

Comeré tu carne,

beberé tus versos,

tu mohosa carne y tu doloroso esqueleto,

coagulada sangre,

abismos de tu alma que despellejo,

tus amores muertos,

tus cenizas,

tus sueños.

Regurgitaré las sombras de marchitas flores,

cristales de tu putrefacto cuerpo,

para clavar de nuevo mis uñas,

para sorber de nuevo tus sesos y tu nombre.

Resucitaré para ti mis más oscuros temores

para verte danzar con ojos ciegos,

bajo una lluvia de ausencias turbia

que se clavarán como negras traiciones.

Soñaré con ser cuervo sin ojos, arconte,

seré su amante, su fiel compañero,

para degustar tus entrañas, tus ataduras,

el alma negra que tan dentro escondes.

La noche eligió el suicidio

La noche eligió el suicidio,
el lenguaje impreciso y el designio mortal
de cristal ardiente, de sueño huido,
de artificio y fuego real,
tatuaje en dos palabras dividido:
nunca jamás.
Y la almohada se tiñe de rojo,
almenara ceñida a tus ojos de metal,
donde veo ardiendo la mirada helada,
el ruido como profecía letal,
de un cuándo y un cómo,
un pudo ser y un nunca será.
Quizás los cuervos vengan a comer
mis despojos, a beber del mar
de mis gestos mis restos,
de mis lágrimas la sal,
para escupirme luego a la cara
los anhelos que nunca tuvieron aval.
Mis cicatrices ya no tendrán rostro,
tejerán telarañas en la noche circular,
en el tiempo después del tiempo,
en el desamor después de amar,
en mis entrañas y en mis huesos,
en mi reinado que fue irreal.
Mis huellas se convertirán en camino,
para todo aquel que venga detrás,
y despojado de todo vestigio,
mis derrotas ya no tendrán rival,
que mi memoria será prodigio,
que mis olvidos serán vanidad.
Prestaré a quienquiera mis oídos,
a todo aquel que quiera escuchar,
que se puede arrancar un principio,
en un ataque de realidad,
que ni es igual ni es lo mismo,
que un delirio de libertad.

Febrero

Febrero ya se desliza a manos llenas,
rompe a hielo el cielo de mis recelos,
y me condena a mirarte desde lejos,
sin poder tocarte, sin alcanzarte apenas.

Y tu palabra es el oscuro canto de sirena,
que me hechiza y me germina en deseos,
que se cuela en la sangre de mis anhelos,
que inunda lenta mis rincones y venas.

Serás la esfinge donde ardan mis desvelos,
acantilado de un mar adverso en la orilla,
donde rompan mis palabras como el fuego.
Lluvia, tormenta y trueno de donde vengo,
secreto milagro que se revela en consignas
donde unos labios mueran por mis versos.

Jodido idiota

Fui un jodido idiota

de esos que aman por amor al arte,

de esos que construyen y se abren,

de los que se dejan el alma rota

y quitan la ropa al calendario y arden.

 

Recuerdo matar sombras,

y ausente de mí mismo acercarme,

perderme por esas calles

que llevaban tu nombre cosido a mi boca

estrechando el cerco a lo inalcanzable.

 

Fui un jodido idiota,

paraíso para un solo amante,

que creaba castillos en el aire,

espejismos a golpe de derrotas,

mendigo humilde de destellos vacilantes.

 

No tuve lágrimas de sobra

para empaparte y borrarte,

para reivindicarme y olvidarte,

tan ceñida te tenía a mi memoria

que aquella primavera prometió desastres.

 

Fui un jodido idiota

que nunca debió aprender a amarte,

ni dejarse seducir por ese viaje a ninguna parte

equidistante entre un laberinto y una horca,

y sin embargo fui, me atrapaste.

 

Como una araña que enrosca

y atrapa a su presa me devoraste,

y luego en tu tela suave me arrancaste

el corazón a bocados y a deshoras,

y me dejaste temblando, desnudo, errante.

 

Fui un jodido idiota

que volvería a pasar por el trance

de dejarse la vida sin mesura y sin balance,

en los brazos de quien quiera un ahora

lleno de pasiones gigantes.

 

Y puede que ya seas otra

pero te aseguro que por mi parte

seguiré siendo de aquí en adelante

el mismo jodido idiota

que un día tuvo la jodida idea de amarte.