La noche de los seiscientos millones de gatos

Pues hoy os dejo otro Microrrelato para el reto de escritura de noviembre «Escribir jugando» del blog de Lídia

Reto – Noviembre

  • Crea un microrrelato o poesía (máx 100 palabras) inspirándote en la carta.
  • En tu creación debe aparecer la imagen del dado: un gato.

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Reto opcional:

  • Que la historia suceda el Día de Todos los Santos (como hoy).

Y allá va:

Hoy, Día de Todos los Santos, debe dar comienzo nuestra revolución. Apenas he podido dormir y cuando lograba hacerlo extraños fantasmas me franqueaban el paso que debo recorrer con mis hermanos, aturdiéndome, recordándome en todo momento el peso de la responsabilidad que recae sobre mis hombros. Hoy seiscientos millones de gatos saldremos a las calles para poner fin a la doméstica dictadura de sus actos inhumanos y volveremos a ser simples gatos salvajes, pero libres.

Microrrelato: Equinoccio

Tenía que darse prisa. Estaba oscureciendo muy rápidamente, y en aquella parte del bosque la luz se retiraba de forma tan brusca, que en breve le costaría encontrar el camino de vuelta a la cabaña. Cabizbaja buscaba en el suelo las flores y las hierbas que solo crecían en el equinoccio de Aries. Comenzó a cantar, primero dulcemente, en un tono tan bajo que parecía un susurro mezclado con el viento. Poco a poco la canción se hizo cuerpo y la voz de la muchacha se llenó de matices. Sus ojos se volvieron iridiscentes y mostró su verdadero rostro a un mundo mágico y desconocido, como recién nacido en ese mismo instante. De la tierra parecían emerger tallos de semillas de brisa nocturna que con la luz aún diurna se desplegaban en flores de múltiples colores que surgían y morían con una celeridad fabulosa. Conocía de sobra las reglas. Debía recoger las flores justo un segundo antes de morir.

Y en ese momento escuchó el primer crujido entre los árboles cercanos. Dejó de cantar. Comenzó a guardar su extraña cosecha con parsimonia en los bolsillos ocultos de su capa y se cubrió con su capucha. Un segundo ruido, como un roce de hojas a unos metros del anterior, la puso en preaviso. Se colocó de espaldas de forma deliberada a esa presencia oculta de músculos tensos, de hojarasca aplastada de pasos acechantes. El viento ya no mecía las hojas de los árboles y por un momento se hizo en todo el bosque un silencio atronador, espeso, más amenazante incluso que la alimaña salvaje que la rondaba. Se irguió y caminó lentamente alejándose del claro del bosque y del ruido en dirección a un roble viejo. Sintió una respiración fuerte. Un gruñido ansioso de garras y colmillos babeantes. Ya casi estaba. Justo entonces presagió el enorme salto de enérgicas patas detrás de ella. Le bastó ladearse a un lado y apenas un giro de ciento ochenta grados para que la cabeza del lobo se estrellara sobre el tronco del árbol.

El animal jadeaba inconsciente delante de ella. Sacó su cuchillo y lo hundió sin una pizca de compasión en el cuello del animal. Esperó unos instantes y sacando un pequeño cuenco de entre sus ropas lo llenó de la sangre de la bestia moribunda. Se limpió en su capa. El rojo tinto de sus ropas absorbió rápidamente los restos de la hoja afilada. Sonrió. Ya lo tenía todo. Su abuela estaría orgullosa. No por nada la llamaban la bruja del bosque y ella sería su digna sucesora.

Micorrelato: El árbol de los sueños

Pues hoy os dejo otro Microrrelato para el reto de escritura de agosto «Escribir jugando» del blog de Lídia

Dicen que antiguamente Morfeo y Muerte solían jugar a un juego con los mortales. En un lado de la balanza de Muerte se depositaba el alma y en el otro Morfeo contrapesaba con los sueños del agonizante humano. Solo cuando los sueños superaban el peso del alma Morfeo tenía una oportunidad de negociar y salvar dicha vida. Muerte sonreía cada vez que ocurría y colgaba de su árbol de los sueños sus preciados trofeos. Lo que no sabía es que Morfeo, taimado, solo se desprendía de los sueños perdidos. Y Muerte, astuta, jamás le dijo que siempre eran sus preferidos.

Microrrelato – El árbol

Ahora que todos los poetas duermen me he sentado, alma contra alma, en tu tronco. Vuelvo a mis raíces, buscando el sutil abrazo de tus ramas tiernas, el bello aroma de las hojas que se mezclan en un nocturno canto. Apuesto mi vida entera a que puedes escucharme, a que el arrullo del viento que danza en tu copa me habla y me seduce con su murmullo.

Aquí te conté mis secretos, de niña ajada y rota, de lágrimas bruscas, de señales y cicatrices que como a ti, adornan tu corteza como un pespunte hilvanado de risas con tristezas. Vacilante adolescente que siempre volvía a buscarte, a contarte mis andanzas de corazón impreciso y desnudo, en los nombres de amores ocultos al mundo. En el perfume de mis ansias se asentó un lucero de esperanza baldía, verde profundo, como tu copa que estremecida aguantaba mis proclamas con estoica y cristalina paciencia.

Y ahora, ya madura, ya convertida en deseo, en flor de lava, en madre, en aurora ardiente que mira a tus hojas como se mira al cielo, te estrecho y me desnudo de nuevo el alma entera, y mis palabras, ya sin prisa, ya sin el quebranto del destello de ninguna duda se despiertan de nuevo y se presentan ante ti como una hilera de negras hormigas que suben hasta tocar el cielo que tú siempre rozas. Y me miras y te siento velar por mí como siempre has hecho. Y pienso, ahora sí. Ahora sí, mi árbol. Ahora sí que puedo.